Crítica de ‘La gran apuesta’: La mayor estafa de todos los tiempos al descubierto

Las críticas de Óscar M.: La gran apuesta

Normalmente suelo estar en contra de las películas basadas en hechos reales (o en acontecimientos relativamente recientes) porque no consiguen ser satistactorias a ningún nivel: son demasiado extremas y tienden a tergiversar la realidad en favor del drama o a edulcorar la historia para contentar a una mayor cantidad de público posible, para aumentar la recaudación en taquilla, pero es algo que, por fortuna, no sucede con La gran apuesta (y, si tergiversa la realidad -que lo hace-, expone sus motivos en pantalla).
La película explica al gran público cómo se desplomó el sistema financiero mundial en 2008 (y provocó la reciente crisis global) basado en el mercado inmobiliario y cómo algunos supieron percatarse de ello con años de antelación, avisando al sistema y obteniendo un correspondiente y oportuno beneficio económico al respecto.

El guión de Charles Randolph y del director Adam McKay (basado en el libro de Michael Lewis) no tienen ningún reparo a la hora de señalar a los culpables y acusar a quien debe (las entidades financieras) sobre la malversación de fondos, el engaño, el timo y la estafa que provocó la mayor caída del sistema financiero de la historia. Si con El desconocido se ponía en imágenes una posible historia consecuencia de dicha labor, La gran apuesta es la explicación de cómo los países llegaron a tal situación de quiebra.
El espectador se encontrará más que perdido en un principio ante una gran cantidad de información abrumadora, que se retroalimenta de acrónimos, nombres difíciles de memorizar y retener en tan poco tiempo, importes y fechas en unos diálogos imposibles de seguir si hay la más mínima distracción y donde se entremezclan nombres de acciones, bancos y personajes. Un verdadero bombardeo de información y datos.
Pero los guionistas han sido muy inteligentes y no dan por sentado que todos los espectadores estén al tanto de cómo funciona la economía mundial o conozcan el complicado vocabulario que se maneja, así que no tiene ninguna vergüenza a la hora de explicar al público (con ironía y de forma bastante socarrona) de qué están hablando con otros actores “más relajados”, diagramas, ejemplos prácticos y constantes textos sobreimpresos en pantalla.
El director Adam McKay (principalmente centrado en dirigir comedia y guionista de la saga Ant-man) no insulta intelectualmente al espectador con dichas explicaciones, sólo trata de hacer más sencillas las conversaciones que tienen los protagonistas y no duda en abusar de los insertos, acercando la película al género documental e imprimiendo la obligatoria globalización que requiere la historia.
Siempre desde el punto de vista de los que descubrieron el engaño antes que nadie y supieron aprovecharse de ello, la historia no deja de avanzar a un ritmo vertiginoso al mismo tiempo que desarrolla a los personajes (sin duda el que más evolución tiene es el de Steve Carell, que está soberbio y soporta la mayor parte de la trama dramática, mucho más que Christian Bale) y continúa colocando cada peón en su sitio para que suceda lo inevitable (el desplome de los mercados bursátiles y la quiebra indiscriminada que sucedió en 2008).
Tal es la sencillez con la que se explican los actos delictivos de las entidades financieras, que sorprende al espectador el tiempo que tardó en descubrirse el fraudulento entramado. Algo que pilló por sorpresa a muchos y que los principales dirigentes de los países se negaron a aceptar (como demuestra en la propia película cuando los propios bancos intentan cubrirse las espaldas falsificando la información e incrementando sus beneficios con dinero tóxico, para mayor sorpresa de los protagonistas).
Es admirable la capacidad del director y del montaje para entrelazar las tres historias principales, donde los personajes no se cruzan en ningún momento, sin dejar ningún cabo suelto, manteniendo un ritmo brillante y una agilidad cinematográfica envidiable. Además de conseguir sacar lo mejor de todos los actores que están presentes, destacando el trabajo de Ryan Gosling, Jeremy Strong, Finn Wittrock o la pequeña aportación de Brad Pitt, todos refuerzan el trabajo de los actores principales y dan cohesión a sus interpretaciones.
La gran apuesta es una historia de redención para los que supieron adelantarse a los acontecimientos, pero también es una denuncia social ante la impunidad con la que trabajan los bancos y la ayuda y el beneplácito que ofrecen los gobiernos que los apoyan (al final están dirigidos por extrabajadores del estado o amigos de los actuales gobernantes). Así lo demuestra su pesimista final (con los clásicos textos en pantalla), explicando cómo se “rescató” a las entidades financieras, aportándoles el dinero que necesitaban y mirando hacia otro lado para no desenmascarar a los culpables de la estafa (o persiguiendo a los que la destaparon). Un hecho que provocan tanto la indignación como la carcajada.
Lamentablemente, sólo siete años después de los hechos que cuenta La gran apuesta, los bancos hoy en día siguen estafando sin ningún pudor a sus clientes, con nuevos productos tóxicos e inestables, “acciones preferentes”, comisiones, mantenimientos y todo lo que se les ocurra para aprovecharse de los ahorros de la población. Si esta película consigue que muchos se quiten la venda de los ojos y dejen de confiar en quienes les roban indiscriminadamente, habrá conseguido su objetivo, más allá de los premios que tiene y a los que opta (que los merece, principalmente por su valentía).

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