Crítica de ‘Exorcismo en El Vaticano’: Posesión sin terror, tensión o emoción

Las críticas de Óscar M.: Exorcismo en El Vaticano

Cuando un espectador acude al cine a ver una película titulada Exorcismo en El Vaticano espera sacerdotes poseídos por los demonios más deslenguados y lascivos del averno diciendo exabruptos y vomitando mocos verdes y no otra historia de una jovencita ultrajada por un diablo en su placentero domicilio.
Si tenemos en cuenta el título original de la película (The Vatican tapes, o lo que viene a ser en castellano, Las cintas del Vaticano), la historia tiene un poco más de sentido, que viene a ser explicada en el metraje antes de que aparezca el propio nombre de esta “adaptación”. Aunque darle tal categoría engrandecería la base argumental sobre la que se apoya esta producción.

La joven protagonista (interpretada de forma bastante lineal por Olivia Taylor Dudley, quien tiene aquí su primer papel de importancia) ve como su vida cambia drásticamente al encadenar varios sucesos nefastos consecutivos. Lo que no puede llegar a imaginar es que un demonio ha decidido hospedarse de forma indefinida en su interior, para mayor pesar de su amado padre (al que da vida Dougray Scott, y que poco importa su relación con la poseída) y su novio (John Patrick Amedori, que está constantemente pasando por ahí sin creerse nada ni de la escena ni del resto de actores).
Exorcismo en El Vaticano no puede presumir de una evolución de personajes notable, a excepción de cuando Dudley levanta una ceja y pone cara de tener ganas de “hacer fechorías”, que casi es la otra cara de la moneda a cuando está sonriendo y derrochando felicidad antes de ser “invadida” espiritualmente hablando.
Es inevitable comparar esta nueva aproximación al subgénero demoníaco con (fallidas) propuestas anteriores como El exorcista. El origen, El último exorcismo, The possession: El origen del mal o Líbranos del mal, contra las cuales sale inevitablemente perdiendo ante una historia “más común” que lo que debería haber sido. Obviamente no tiene nada que hacer si se enfrenta a El exorcista, mítica historia y película, de la que Exorcismo en El Vaticano intenta huir como si fuera la peste (o por obtener algo de personalidad propia), aunque no lo consigue (ya que mantiene el mismo planteamiento y una protagonista similar).
El guión de Christopher Borrelli y Michael C. Martin (basado en una historia de Chris Morgan, que tiene más acierto en los guiones fantásticos de la saga A todo gas) aprovecha los títulos iniciales para detallar al espectador toda serie de habilidades acrobáticas y gimnásticas que, en teoría, sólo consiguen los poseídos, para descantarse a partir de ahí por una historia poco diabólica y más cercana al costumbrismo americano, manteniendo el nivel del sangre al mínimo y, desafortunadamente, prescindiendo de los sobresaltos o el terror que espera el espectador que acude a ver una película de estas características.
El director Mark Neveldine abusa de los insertos, la cámara subjetiva diabólica y de las imágenes tratadas para parecer que son de cámaras de vigilancia (incluso antes de que esas cintas hayan sido clasificadas y archivadas por El Vaticano), provocando un enorme flashback de más de media hora que, aunque argumentalmente está explicado de forma correcta, no consigue su intención de atrapar al público.
En definitiva, Exorcismo en El Vaticano es una película menor sobre posesiones demoníacas, que se pierde en desarrollar narrativamente el título y bordea la grandilocuencia en sus últimos diez minutos (con un giro dramático final que importa poco al espectador), provocando la sensación de que la (inconclusa) historia puede seguir en una secuela posterior. Esperemos que Dios (o el Diablo) no lo quiera.

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