Crítica de ‘Creed’: Dignidad cinematográfica (o por qué ‘Creed’ es mejor que ‘Terminator Génesis’)

Las críticas de Carlos Cuesta: Creed

Es desconsoladora la falta de originalidad de la industria del cine viendo proposiciones oportunistas e indignas como el remake de Dentro del laberinto y otras innecesarias como una nueva versión de Un profeta. Es casi lógico que las productoras sigan con su política de tírame pan y llámame perro, mientras sigamos yendo a ver cosas como la escandalosamente burda Jurassic World, la insustancial Break Point o la muy mejorable Terminator Génesis. Por eso ir a ver Creed fue para mí todo un acto de fe, uno de esos ejercicios de confianza en los que te dejas caer de espaldas y si quien está detrás te quiere, te sujeta, y si no, te partes la nuca. Sigo vivo y Creed pasó con creces el examen para servir de ejemplo de secuela que sabe mostrar dignidad cinematográfica.
La película nos presenta a Adonis Johnson (Michael B. Jordan), un huérfano interno en un correccional de menores que trata de desalojar su rabia a base de puñetazos. Un día viene a acogerlo la mujer del famoso Apollo Creed (Carl Weathers), personaje fundamental de la saga de boxeo Rocky. Adonis es el hijo no reconocido de una aventura extramatrimonial de esta celebridad pero la esposa del deportista lo lleva a su hogar por piedad y hace de él, con los años, un joven educado que alcanza un envidiable puesto de trabajo. Sin embargo, late en él el deseo y la necesidad de construir su propio nombre en el boxeo sin utilizar el de su padre, para afirmar su autoestima y demostrar que es algo más que el error de una noche. Para ello acudirá al mayor rival y mejor amigo de Apollo, Rocky Balboa (Silvester Stallone). El veterano rechaza en un primer momento la propuesta, pero cede ante la voluntad del muchacho y el peso de los recuerdos.

Adonis nos revela en uno de sus diálogos la dignidad y decoro que deberían mostrar aquellos que se sirven de los clásicos o de los más famosos títulos de la historia del cine. Antes de reciclarlos y vomitar subproductos, bien podrían escuchar a este personaje decir que tiene miedo de usar el nombre de su padre y al final resultar ser un fraude. Sin varios de los títulos precedentes de la saga Rocky, Creed no sería la misma película y perdería buena parte de su potencial emotivo. Sin embargo, es posible concebir Creed como una producción comprensible en sí misma y por sí misma, que sabe su lugar en la cartelera y el género en que se inscribe; que se sabe deudora del trabajo de otros que han venido antes de ella. Mejor aún, Creed deja claro que adaptar una historia a las nuevas generaciones no exige ofrecer un espectáculo de mala calidad.
La película no revolucionará el cine deportivo, puesto que se sirve del esquema sencillo, clásico y efectivo de sus varias de sus predecesoras para contar una nueva historia con vertientes inesperadas y mensajes de esfuerzo y constancia que siempre es bueno recuperar. El director Ryan Coogler ejecuta una rotunda realización y entiende que su trabajo y el posterior montaje, combinados, bien pueden equipararse a un combate de boxeo, donde la concepción de una estrategia de combate y la alternancia de movimientos pueden darnos un hermoso resultado. Hacía tiempo que no acompañaba los gestos de un luchador para evitar un puñetazo, o que no recibía el golpe de un personaje con un bufido de dolor. Film, por tanto, divertido, dinámico, entretenido, con su justa violencia explícita y con las pretensiones justas, rematado con una banda sonora que despunta con brillante oportunidad, entre otro motivos por los guiños astutos
pero no redundantes a la épica Eye of the tiger y a otros temas de la saga. Las composiciones musicales de Ludwig Göransson se sirven del pasado pero no sólo viven de las rentas.

Asistimos en el transcurso de la trama a una gran cantidad de escenas enérgicas más allá de los combates, que articulan los
nudos argumentales de Creed: la vida como un combate, el valor de la humildad, la autoestima
como un motor generador de frustraciones y de alegrías y la importancia de contar con personas que nos sirven de guías morales y profesionales. En cuanto al giro argumental más impactante, hay quien me ha comentado que lo vio venir de lejos, pero a mi juicio es tan emotivo como acertado y permite replantear los valores y objetivos de una producción que se ha negado a ser una secuela más.

Si hablamos de guías morales, Stallone viene a confirmar con sus diálogos directos y auténticos que es capaz de asumir buenos papeles y ofrecer grandes actuaciones. Sus palabras distan de ser filosofía barata para adolescentes, son verdaderos consejos de buen padrino y su interpretación insiste en la evidencia de que el cine (y todo lo demás) está muy necesitado de veteranos que conozcan su oficio. Sobre él y la caracterización de los personajes jóvenes pivota la intención de poner frente a frente lo auténtico y lo ostentoso, los logros madurados y el éxito rápido y efímero. En la vida real es posible alcanzar la fama por obra y gracia del postureo y el enchufe, pero en el universo de Rocky te tienes que deslomar para ganarte el nombre. Un universo que, por otra parte, nos muestra la trascendencia de una franquicia que ha valido que Philadelphia le dedique una estatua a Rocky Balboa, escultura presente en una de las escenas de Creed. La ficción se mezcla con el mito hecho materia en la realidad.
¿Y a santo de qué me acuerdo de Terminator Génesis en el título de esta reseña? Stallone y Schwarzenegger se disputaron hace décadas el título de rey del cine de acción y ambos han sabido reciclarse y demostrar que son más que los músculos que tuvieron, demostrando carisma, talento y veteranía en su regreso, Mercenarios aparte. La diferencia ahora está en el conjunto. Terminator Génesis es un híbrido entre reinicio y secuela que cayó en el error de pensar que la técnica y los avances visuales podían sustituir a los buenos diálogos, a la buena planificación de escenas, a los buenos personajes y a la calidad de la actuación; fue una producción oportunista que buscó arrastrar a los fans de Terminator aprovechándose del nombre de la saga y de la presencia del señor Arnold, para convencer al nuevo público de que Sarah Connor es algo así como la de Daenerys Targaryen de la ciencia ficción. Donde digo Terminator Génesis, coloque cualquier secuela deficiente, y donde digo Creed, bien podría decir cualquier buena continuación. Que valgan de meros ejemplos.
Donde el binomio Emilia Clarke, Arnold Schwarzenegger (trío si contamos a Jai Courtney, tanto da) no consiguió convencer, Michael B. Jordan y Silvester Stallone salen victoriosos. El motivo es que Creed ha tenido en cuenta que el cine, aunque nos venda sueños, debe forzosamente mostrarnos verdad. Y más allá de un regreso confuso y a la carrera, Terminator Génesis no tenía nada nuevo que aportar. Si Clarke ni Courtney fueron capaces de conectar con el público ni con su compañero de reparto, Michael B. Jordan necesita una sola escena para ganarse el cariño de Rocky y del público, porque hay un guión detrás de él, una mejor realización y un mensaje más hondo y hasta cierto punto renovado, que concilia al nuevo y al viejo público: los veteranos son necesarios y se resisten a ser olvidados y los jóvenes pueden ayudar a sus mayores a ganar sus combates.

El personaje del joven boxeador no es absolutamente original pero es
atractivo física y dramáticamente, interesante, coherente e interpretado en su justa medida. La química con
Stallone se manifiesta hasta el final, en la famosa escalinata de Philadelphia. Millones de turistas la suben cada año y alzan los brazos para emular al actor y las hazañas de su personaje. Según ha reconocido Stallone al recibir el Globo de Oro por su papel como secundario en esta película, Rocky Balboa es más que un ficción; es un amigo que lo ha acompañado durante toda su carrera. Él lo creó al escribir el guión de la primera entrega y él lo homenajea con una gran actuación para el combate más duro de su alter ego. Remontar esa escalera está al alcance de casi todos. Subirla al lado de Rocky es algo que hay que ganarse. Michael B. Jordan y el equipo de Creed lo han hecho con mucha dignidad. Advenedizos y oportunistas: los jóvenes merecen más que los despojos repintados de nuestros buenos recuerdos.

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