Crítica de ‘Sufragistas’: Hay otra forma de vivir la vida

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Sufragistas

Es curioso (no sé si casual) que se estrene en España la película Sufragistas el mismo fin de semana en el que somos convocados a votar en unas elecciones generales. Ese hecho de meter un sobrecito con una papeleta en una urna, tan aparentemente simple, y que los que tenemos menos de determinada edad damos por sentado como un derecho inalienable, supone un logro conseguido a través de la lucha y el sacrificio de muchas personas durante muchos años. 

Quizá esta “coincidencia” haga que tengamos la sensibilidad más receptiva para ver una película que como Sufragistas nos recuerda que durante muchísimo tiempo la mitad de la humanidad, las mujeres, no podían votar por “ser demasiado emocionales y estar perfectamente representadas mediante el voto de sus padres, sus hermanos o sus maridos” no fuera a ser que se distrajeran de sus obligaciones de esposas y madres que es para lo que estaban en el mundo, amén de trabajar en penosas condiciones en, por ejemplo, fábricas o lavanderías. 
La película nos sitúa en Londres en 1912 y propone un relato parcialmente ficcionado (personajes reales se mezclan con otros nacidos en el guion como instrumentos para contar la historia) sobre los hechos que a través del movimiento “suffragette” llevaron al reconocimiento del derecho de la mujer al voto. Dicho movimiento fue liderado por la activista política Emmeline Pankhurst que es interpretado por Meryl Streep en una breve (brevísima) aparición. Eso sí, su foto aparece bien grande en el cartel para dar empaque a la película y atraer público. Lícito pero engañoso.
La historia es contada desde el punto de vista de Maud Watts (Carey Mulligan), una joven mujer, madre, esposa y trabajadora que se ve empujada sin (inicialmente) demasiada intención por su parte a participar en los mítines y revueltas que el movimiento sufragista llevó a cabo para conseguir su propósito. La interpretación de Carey Mulligan supone un peldaño más en una filmografía que va camino de convertirla en una de las mejores actrices de su generación. Es una de esas actrices con el don de traspasar la pantalla, de llegar al espectador con un gesto o una mirada. Su dulce y un tanto aniñado rostro es capaz de desplegar un enorme registro de emociones y de transmitir con sutileza las dudas, la lucha interior, el dolor por renunciar a una vida más apacible y la fuerza necesaria para vivir en una situación de semiclandestinidad.
Es también muy destacable la interpretación de Helena Bonham Carter en uno de los papeles más sobrios de su carrera, no hay nada en Edith Ellyn (una farmacéutica activista) de los habituales registros excéntricos a los que nos tiene acostumbrados en sus personajes; en Sufragistas realiza una refinada interpretación que equilibra fuerza y sensibilidad. Ellas dos, Mulligan y Bonham Carter, son lo mejor de la película junto a Brendan Gleeson en el papel de uno de los inspectores de policía encargados de vigilar y tener controladas a las sufragistas. 
El guion, obra de la dramaturga galesa Abi Morgan, sirve de sólido soporte a un film que se adorna con la elegante banda sonora de Alexandre Desplat y con un cuidadísimo vestuario y dirección artística. 
El problema de la película, su gran hándicap, radica precisamente en lo que debería unir con armonía tan buenos ingredientes y no es más que la realización de Sarah Gavron que se empeña continuamente en que su película no se vea bien. Sí, como lo leen, Gavron dirige mediante continuos e innecesarios movimientos de cámara, planos nerviosos e inestables, secuencias deliberadamente (e innecesariamente) oscuras y una continua obsesión por colocar la cámara a una distancia excesivamente cercana a lo que está ocurriendo. Los primeros planos de los intérpretes son excesivos y forzados, nunca tengo como espectador la sensación de estar viendo lo que me gustaría ver, siempre pienso que la cámara debería estar en otro sitio, o a otra distancia o iluminada de otra manera. Y eso no suele ocurrirme. 
No dudo que detrás de esta (en mi opinión fallida) realización no está la torpeza, sino una deliberada intención de dar a su película un nervio característico o de dejar su sello en cada plano. Creo que esta película merecía ser contada de otra manera, con mayor pulso narrativo,  con menos ínfulas autorales y con menos artificio en los momentos álgidos. Sus aspiraciones a marcar su autoría no privan a Sarah Gavron de utilizar burdos efectismos como recurrir a la cámara lenta, emplear arbitrariamente la voz en off o subir el volumen de la música en los momentos de mayor dramatismo. Es una lástima, un guion bien escrito, una bonita música y unas fantásticas actrices se merecían una dirección mejor. 
También la merecía un tema con el que no podemos cometer el error de pensar que pertenece al pasado. El derecho de la mujer al voto no hace mucho que se consiguió en países tan del primer mundo como Suiza (1971) o Portugal (1984), pero todavía existen en pleno siglo XXI varios países que mantienen leyes discriminatorias contra el derecho a votar a las mujeres. De hecho un país como Arabia Saudí con el que todo el “democrático” occidente hace lucrativos negocios mientras mira para otro lado, sigue sin reconocer el derecho de las mujeres a votar. No hablemos ya de otros muchos países en los que la situación de discriminación, explotación y abuso a los que se somete a las mujeres hacen que votar no sea ni siquiera una de las preocupaciones primordiales. Y el siglo avanza.

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