Crítica de ‘Ardor, la justicia de los débiles’: Tedio incendiario

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Ardor, la justicia de los débiles


Qué lástima que en un momento en el que la cartelera está poblada de varios títulos argentinos de gran calidad: El Clan, Paulina, y la hispanoargentina Truman, tenga que venir un bodrio de tal dimensión a bajar el nivel. Ardor, que se estrena con el pretencioso subtítulo de “la justicia de los débiles” es la peor película que llevo vista en lo que va de año. Ciertamente resulta muy difícil cogerla por algún sitio. 

Y lamento haber empleado ya la palabra “pretencioso” en el primer párrafo porque si no quiero repetirme voy a tener que tirar del diccionario de sinónimos para poder escribir unas líneas acerca de lo que esta película pretende ser y de lo que finalmente es. 

Su director, Pablo Fendrik, tiene la evidente intención de regalarnos una obra ecologista denunciando la ávida deforestación de las selvas y bosques argentinos para el vil enriquecimiento de los de siempre a través de bandas de incendiarios que se dedican a quemar la selva para desalojar a sus habitantes. Vale, hasta ahí bien. A partir de aquí, adopta una narrativa lenta, tediosa, con planos innecesariamente dilatados, silencios insoportables, artificiosas secuencias a cámara lenta y clichés propios de principiantes torpes (ojo con meter en el mismo saco a todos los principiantes), lo cual es más grave si tenemos en cuenta que Fendrik no es un principiante. 

Tiene tal batiburrillo mental acerca de (presuntas) influencias que quiere dejar plasmadas en su película que el pastiche de Sergio Leone, Robert Bresson y Alfred Hitchcock que propone es sencillamente indigerible.  Todo es tan intenso, tan, tan, tan intenso que durante la primera media hora uno se pregunta si estará como espectador a la altura de tan aparatosa obra. Una vez pasada esa media hora de estupor, te das cuenta de que sencillamente estás viendo una película fallida, fallida precisamente por eso, por pasarse de pretenciosa. 

Los personajes no están bien definidos ni convenientemente presentados al espectador y las interpretaciones son sencillamente espantosas, pero este demérito parece más justo apuntárselo también al director que a los actores, pues no puede ser que todos adopten la misma inexpresividad, la misma dicción (por llamarla de alguna manera) lacónica y una pasividad ante lo que acontece que roza la parálisis. De Gael García Bernal hemos visto trabajos en los que demuestra sobradamente unas cualidades interpretativas que en este film no hacen aparición alguna, se limita a poner cara de atormentado toda la película y difícilmente se le entiende porque habla sin mover apenas los labios como si fuera un ventrílocuo (ya quisiera Mari Carmen ser capaz de hablar con Doña Rogelia moviendo menos los labios). Del resto nada de nada, Alice Braga está por estar y los “malos” se pasan la película poniendo cara de “malos malísimos” apretando los dientes y encogiendo los ojos como un niño al que le dices que ponga cara de malo. 

Y como los intérpretes no interpretan, tenemos la música para echar el resto con la banda sonora de Sebastián Escofet indudablemente compuesta después de fumarse varias partituras de Bernard Hermann enrolladas en un cilindro de un grosor difícil de estimar. Los (aparentes) momentos de tensión son subrayados musicalmente hasta el hastío con una fatuidad estomagante. 

Por (intentar) destacar algo que valga la pena, puedo citar la fotografía de Julián Apezteguía, pero tanto mérito tiene él en su dirección de fotografía como el paisaje que retrata cuya belleza se vende sóla. Pero ni siquiera como película contemplativa funciona Ardor, la justicia de los débiles.

Y luego hay un tigre. Sí, un tigre que aparece y desaparece durante la película a capricho de una narrativa caótica y demencial. No dudo ni por un momento que Pablo Fendrik pretendía hacernos llegar alguna sofisticadísima metáfora con el tigre en cuestión, pero como el resto del film se queda en humo, el humo que provocan los incendiarios malnacidos que se dedican a quemar espacios protegidos para enriquecerse y cuya denuncia merecía un film más inteligente, mejor escrito y menos… sí, lo han adivinado, menos pretencioso.

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