Crítica de ‘Los juegos del hambre: Sinsajo – Parte 2’: Interesante película de acción sobre la propaganda y los juegos de poder

Las críticas de Carlos Cuesta: Los juegos del hambre: Sinsajo – Parte 2

La segunda parte del capítulo final de Los juegos del hambre cierra con espectacularidad y energía la lucha entre las fuerzas tiránicas del Capitolio y los rebeldes de Panem. La adaptación de las novelas de Suzanne Collins ha prologando durante años un relato que critica con audacia e inteligencia una sociedad de la imagen, la nuestra, donde la población vive acosada por la manipulación de lo audiovisual y donde cualquier faceta de la vida, incluida la muerte y la tragedia, puede convertirse en espectáculo. En este último asalto, la película centra sus argumentos sobre la propaganda, la utilización controlada de la imagen de los símbolos y de los héroes y lanza una dura y acertada reflexión sobre la guerra, sobre los soldados que las libran y las personas que las provocan. Como en los episodios precedentes, la fascinación visual, el estilismo al servicio de la épica y la ambigüedad y carisma de algunos personajes principales son los platos fuertes de un taquillazo seguro.
La historia comenzó cuando Katniss Everdeen (Jeniffer Lawrence) se presentó voluntaria a Los juegos del hambre para evitar que lo hiciera su hermana. Esa emisión retransmitía en directo la lucha a muerte de jóvenes de cada distrito de Panem, forzados a participar como tributo por la rebelión frustrada hace años contra el Capitolio. Ahora que surge una nueva revuelta, los opositores están utilizando la imagen de esta heroína superviviente de dos ediciones de esos juegos para reforzar la moral de sus tropas y llevar a su ejército a la victoria. La guerra como una puesta en escena, la imagen como un elemento de propaganda y de descrédito del adversario, dan lugar a una retórica elocuente y muy interesante que, sin embargo, no se lleva hasta sus últimas consecuencias puesto que, en el fondo, no es rentable concienciar en exceso al público de Los juegos del hambre, una película que comparte todos los vicios que denuncia.

Esta producción se vale de la espectacularización de la muerte, de la estetización de la masacre y de la de la épica melodramática para criticar precisamente eso. Sus protagonistas están escogidos por su rostro perfecto y en parte muchos espectadores acuden a la sala para presenciar la agradable aparición continua del rostro de Jennifer Lawrence. La saga se sirve de su carisma y su belleza (de su talentosa actuación también) para hacer pasar con mayor éxito el mensaje de la deshumanización de la sociedad de la comunicación y la necesidad de desconfiar de la veracidad de las imágenes; sin embargo, pese al valor de estos mensajes, la hermosa fachada de los protagonistas, las dramáticas circunstancias de sus sacrificios y sus muertes y la crueldad con pocos matices de los antagonistas, consigue que el envoltorio devore el contenido. Los responsables del asunto quieren sensibilizar, pero sin pasarse, no vaya a ser que lo consigan, porque eso para Hollywood sería un pequeño desastre.

Lo accesorio se vuelve esencial y el objetivo principal, a veces único, de la industria del cine, se vuelve a desvelar: la maximización del beneficio, como el de cualquier otra empresa. Esto se traduce en Los juegos del hambre: Sinsajo – Parte 2 en una simplificación de los mensajes para hacérselo llegar (o tragar) al mayor número de muchachos posibles; en una reiteración exagerada de la crítica al uso de la propaganda que convierte en evidencia lo sutil para poder extender las páginas del último libro de Suzanne Collins y transformar una película en dos; en un nuevo fraude del cine en 3D, con una entrada innecesariamente más cara.

Esto no impide que Francis Lawrece haya hecho una película entretenida, emocionante, con escenas de acción de gran factura y un guión firmado por Peter Craig y Danny Strong con diálogos que nos deberían hacer pensar en los fines de la guerra, los responsables de que comienzan y los culpables de que continúen. La historia está planteada de tal manera que uno consigue dudar de las intenciones de todos los personajes, de quiénes podemos fiarnos y de cuáles no, y hasta casi consigue lograr una narración en la que no todo se resume a los buenos luchando contra los malos. Casi, porque la producción, siguiendo la estela de los libros, no alcanza la audacia de detenerse en el punto en el que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones.

Por supuesto, el estreno del final de la saga Los juegos del hambre no podía prever los terribles atentados de París, la declaración de una guerra, como dicen nuestros gobernantes. Quien ponga en paralelo los mensajes del presidente Snow (Donald Sutherland) y del presidente de la República de Francia, François Hollande, o del primer ministro, Manuel Valls, puede encontrar inesperadas coincidencias. Incluso cuando la razón se pone forzosamente del lado de un bando concreto, un análisis profundo de las causas, las consecuencias y los orígenes de los conflictos es capaz de poner en tela de juicio los planteamientos simples de aquí están los buenos y aquí están los malos. Si en la lucha contra el terrorismo parece no obstante bastante claro, algunas escenas como el banquete del presidente Snow, trasladada a la realidad, sumada al encendido diálogo de Katniss sobre las víctimas de la guerra, nos revela cierta realidad que se repite incesantemente: libraremos las guerras de otros, que bien vestidos, comerán buenos platos y mirarán por la tele el espectáculo de la muerte y la tragedia que los ciudadanos de a pie interpretamos para que ellos pueden seguirse turnando alrededor de la mesa de la élite.

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