Crítica de ‘El clan’: Denuncia cinematográfica ante la injusticia

Las críticas de Óscar M.: El clan
El cine sirve en muchos casos como denuncia social de atrocidades cometidas con impunidad y, en el caso de El clan, como exposición pública de los hechos que ocurrieron tras la dictadura argentina en mitad de la década de los años ochenta.
El caso de la familia Puccio (donde el padre se dedicaba a secuestrar y extorsionar a los acaudalados vecinos de su localidad, con el conocimiento, la implicación y la participación de sus familiares) es una de las más descaradas muestras de injusticia y pasividad policial ante los crímenes cometidos (hecho confirmado en los clásicos títulos de créditos finales, donde se revela el destino de los personajes reales).

La película escrita y dirigida por Pablo Trapero trata con tanta naturalidad los reprochables actos de los personajes como los realizaron las mismas personas reales en las que se basa. Sin remordimientos y sin dramatismos, secuestraban, extorsionaban y mataban a sus iguales sólo por conseguir dinero, con el beneplácito del gobierno y las fuerzas de seguridad de la dictadura militar imperante.

Tal vez para hacer más atrayente la adaptación, el guión va dando saltos en el tiempo, (presentando toda la historia a través de flashbacks) mientras se van produciendo el arresto de la familia, hasta llegar al momento que da comienzo a la película. Un momento brillante y un desenlace que consigue mantener al espectador atento a la pantalla durante más de una hora.

Una ambientación fiel a la década de los ochenta, tanto en el vestuario, como en la peluquería o la caracterización, no dejando ningún detalle que desentone con la década en la que se sitúa la acción, consiguiendo que el espectador se transporte a dichos años, pero sin abusar de los clichés a los que estamos acostumbrados en cuanto a la moda.
La contextualización es excelente por parte de Trapero a través de imágenes de archivo (tanto sonoros como visuales, pero en su justa medida) consigue introducir al público en una situación política insostenible, donde los criminales (subvencionados y protegidos por el gobierno militar) realizaban los trabajos encargados o actuaban con total libertad.
La selección musical está compuesta por canciones en inglés que contrastan totalmente con la temática de las imágenes que están en pantalla, pero muestran un lado más alegre y animado que las acciones que están cometiendo los personajes, destacando la importancia de las apariencias y la realidad que se esconde tras la superficie o la percepción que los demás tienen de uno mismo (como el típico caso del asesino descubierto por la policía al que todos sus vecinos definen como “alguien que siempre saludaba”).
Además, la película goza de unas interpretaciones correctas de un reparto elegido con un enorme acierto, también gracias al parecido físico de los actores con los personajes reales, consiguen aportar más calidad representativa a la película y autenticidad a la historia, algo que el público puede fácilmente completar y ampliar con una rápida investigación a través de la red.
Aunque la caracterización impida reconocer físicamente a Guillermo Francella, su trabajo es inmejorable y se impone al de su hijo en la ficción, Peter Lanzani, principal hilo conductor de la trama, pero que, claramente, queda relegado a un segundo planto por el trabajo de Francella, que supera las expectativas dando vida al patriarca de los Puccio.
El clan, tras convertirse en un gran éxito en su país, tiene una larga trayectoria internacional como denuncia ante el mundo de los actos que, lamentablemente, se siguen cometiendo en algunos países, gracias al excelente trabajo de su director y sus actores.

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