Crítica de ‘El Desafío (The Walk)’: Una fantasía honorífica basada en hechos reales (y muy aburrida)

Las críticas de Carlos Cuesta: El Desafío (The Walk)
La destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York tuvo en el cuerpo de Norteamérica el efecto de una grave mutilación. Causó además en su mente una fractura difícil de reparar, o irreparable. El funambulista francés Philippe Petit fue el artífice de un espectáculo asombroso al cruzar la distancia entre ambas torres caminando sobre un cable de acero en 1974. Esta temeridad sobrehumana y su preparación la recrea The Walk en una película en 3D que sirve de homenaje a las víctimas del atentado acabó con las torres, a la ciudad que las albergó y a las personas que la construyeron. La fascinación de Petit por esta fastuosa obra de la ingeniería civil se convierte en este film en remembranza nostálgica de la tenacidad humana que permitió tanto construirlas como cruzarlas. No es mi intención faltarles al respeto a las personas que han participado en esta producción ni a aquéllas a las que homenajea, pero tengo que decir que me ha parecido una película decepcionante e insufrible.
La producción decide darle a la historia el tono de una especie de cuento o fábula circense, privilegiando la sobreactuación lúdica por encima de un dramatismo más realista. Poco puedo decir de esta elección, salvo que no me ha complacido como espectador y que considero que la toma de posición es inconstante. Llevar este estilo hasta el final de sus consecuencias habría sido un acto de coherencia muy agradable. Tal cual está ejecutada, The Walk ni me emociona ni me divierte; a lo sumo me instruye un poco sobre la historia reciente de Europa y Norteamérica, e incluso eso lo hace de forma incompleta a fuerza de anacronismos y decisiones sobre el idioma original del film difícilmente comprensibles.

Joseph Gordon-Levitt me aparece un actor razonablemente bueno, agraciado físicamente, simpático y mimado con papeles interesantes. El de Petit es uno de ellos, pero las indicaciones que habrá recibido para hacer encajar este personaje en el tono de la producción no creo que nos arroje ni una sombra de lo que fue el artista. Ninguna de las demás personas que aparecen retratadas en la película tiene un desarrollo personal interesante, una caracterización creíble ni un detalle humano que les haga insustituibles. Ni siquiera Ben Kingsley en el papel de mentor desarrolla una actuación convicente ni es capaz de llevarnos un poco más lejos del sentimentalismo barato y de las emociones forzadas.
Los diálogos de la película me parecen insustanciales, insistentes hasta la pesadez en convencernos de la enormidad de la hazaña de Petit, algo de lo que cualquier ser humano corriente ya está convencido desde el segundo uno. No me cabe la menor duda de que Petit era un ser extraordinario y apasionado al extremo, pero las palabras que salen de su boca sólo lo acompañan en la efusividad. El humor, visual o verbal, que debería acompañar a un “cuento” de esta envergadura no está a la altura, nunca mejor dicho, y el desfile de acentos americanos o franceses y los cambios un tanto aleatorios entre ambos idiomas nos pierden en una jungla de intenciones sin concretar (que sospecho comerciales). El funambulista y su equipo logran instalar el cable que una las dos torres, pero ni la interpretación ni los diálogos ni la ambientación, ni nada en The Walk, logra establecer un vínculo emocional entre los personajes ni entre estos y el espectador.
La gestión del tiempo, la utilización de las elipsis y los flasbacks tampoco me satisfacen.

No voy a ser yo el que le enseñe nada de estructura narrativa al realizador de Forrest Gump, pero puesto que conoce su oficio debería haberlo puesto en práctica. Los regresos constantes a la narración en primera persona de Joseph Gordon-Levitt, no hacen sino sustraernos del relato que se va tejiendo (que no acaba de tejerse). Las idas y venidas a un supuesto tiempo presente del narrador está bastante más conseguida, por ejemplo, en Moulin Rouge de Baz Luhrmann; una película que plantea una historia ya concluida, recurriendo a un estilo disparatado para atraer nuestra atención; luego nos introduce en un drama y regresa al narrador cuando el espectador ya está inmerso, consciente de la deriva, atrapado por la historia e incapaz de escapar de ella. Menciono a Luhrmman porque The Walk me parece, por su tono y por la aparición de un París bohemio, un intento frustrado de imitar su estilo. Es bien probable que Luhrmman hubiera hecho de The Walk algo más parecido a lo que los productores tenían en mente. No me refiero a ganar dinero valiéndose de la memoria colectiva de un país, sino a hacer una buena película.

La producción apuesta fuerte por la fascinación mediante la utilización de la altura, el 3D y la recreación de las torres. Dando por hecho que esto es así, comenzar la historia con el personaje subido a la Estatua de la Libertad y tirando, desde el principio, del recurso de la informática y de los efectos especiales, me parece tan poco hábil como empezar un combate desvelando todas nuestros puntos fuertes y todas tus debilidades, de golpe, nada más comenzar y sin necesidad alguna. El 3D me vuelve a parecer una manera de aumentar el precio de la entrada y de sacarme de la historia en vez de meterme en ella. Vamos a ser justos: la recreación de las torres merece un aplauso, y muchos de los planos del protagonista en la cima de Nueva York son hermososo y fascinantes. ¿Cómo explicamos, con tanto 3D y tanto despliegue, que el plano más impresionante y aterrador sea el de un amago de caída, al principio de la película, en la carpa de un circo? Yo tengo otro amago, de respuesta: abusar del diseño por ordenador, de los planos imposibles y del ralentí por el mero hecho de que podemos hacerlo, sin justificación narrativa, será, a mi juicio, siempre un error. The Walk abusa de esa actitud.

The Walk me parece una película hecha para los estadounidenses (estrenada allí, como no podía ser de otro modo, en septiembre). No dudo que este film encontrará su abundante público a un lado y otro del Atlántico (según IMDB, a 23 de octubre la producción había conseguido recuperar en Estados Unidos casi nueve de los 35 millones de dólares invertidos). A mí me aburrió soberanamente.

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