Crítica de ‘Mi gran noche’: Buñuel y Blake Edwards cenan con Jose Luis Moreno

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Mi gran noche

Un estudio de televisión, la grabación de un especial de Nochevieja que parece no tener fin, una huelga de trabajadores que protestan por un ERE, Figurantes encerrados en un programa durante diez días entre copas falsas de champagne y pollos de plástico. Un viejo cantante endiosado y una promesa del pop latino sin cerebro. Chonis, sociópatas, psicópatas, botes de esperma, tetas falsas, lentejuelas y focos. El espectáculo debe continuar, incluso si este se convierte en una hecatombe, y eso es lo que nos trae Alex de la Iglesia en Mi gran noche, la esperada comedia que llega el día veintitrés a nuestras salas.

Si hay que buscar una palabra para describir Mi gran noche, esta es “absurda”, en su más puro significado y sin connotaciones negativas. El guión, escrito por el propio Alex de la Iglesia en colaboración con Jorge Guerricaechevarría, rompe con la lógica del tiempo y el espacio y convierte un estudio de televisión en una especie de purgatorio en el que sus habitantes actúan como pollos sin cabeza en una disparatada incoherencia de la que ellos parecen ser (y al mismo tiempo no ser) conscientes.

“Es todo tan absurdo que puedes hacer lo que quieras”, dice en un momento de la película el personaje de Blanca Suárez y, efectivamente, todo en esta película, desde el argumento hasta la acción febril, recuerda al descontrol de un sueño. Esos personajes tan variopintos encerrados en una eterna fiesta de Nochevieja se asemejan a los invitados de El ángel exterminador de Luis Buñuel, solo que aquí se ven rodeados de brillos, números de baile, vulgaridad televisiva y mucho humor.

Mi gran noche comienza con una grúa que cae sobre uno de los figurantes sentados a una mesa cercana al escenario donde presentadores y cuerpo de baile dan la bienvenida al nuevo año. A partir de ese momento las historia se entrecruzan en una atmósfera sofocante que solo en un par de escenas sale del interior del estudio. Ese ritmo frenético de estas historias cruzadas se enfatiza por la fotografía agitada de Ángel Amorós en que la que la cámara baila de personaje en personaje, a trompicones entre el caos del estudio.

Con un reparto lleno de caras conocidas en la filmografía de Alex de la Iglesia como Terele Pávez, Carolina Bang, Santiago Segura o Carlos Areces, el cebo principal estaba en la participación de Raphael, que interpreta a la parodia de su identidad artística, Alphonso. No decepciona, y sus apariciones como un artista endiosado que permanece en una atmósfera casi aséptica ajena al caos de pasillos y espectáculo, son de lo más cómico que tiene la película.

Sin embargo, quien está sobresaliente es el sempiterno amor de adolescentes y ventiañeras Mario Casas que con el personaje de Adanne se convierte en lo mejor de toda la película. Aunque el hilo argumental al que pertenece es posiblemente de los más flojos, su interpretación de ese nuevo ídolo del pop ridículo y estúpido es absolutamente genial. Hay que destacar también la química entre Blanca Suárez y Pepón Nieto cuya historia es la más surrealista de todas en esa mesa aliñada por la mala suerte y los amores extraños.

Desafortunadamente, y a pesar de momentos geniales y un argumento extraño pero por eso mismo atractivo, Mi gran noche no tiene la solidez de otras cintas del director como La comunidad, y se echa de menos la irreverencia de Acción mutante, quedándose a mitad de camino de una comedia universal como El guateque, película a la que homenajea con una escena entre espuma. Mi gran noche se queda limitada al público español, que sin duda disfrutará de muchas carcajadas, pero está condenada a desaparecer más allá de nuestras fronteras.

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