Critica de ‘Maryland (Disorder)’: Atractiva pero inconclusa métafora de un mundo paranoico y obsesivo

Las criticas de Carlos Cuesta: Maryland (Disorder)

La directora francesa Alice Winocour ha conseguido llevar a la pantalla su segundo largometraje, Maryland; un thriller protagonizado por Matthias Schoenaerts (De óxido y hueso) que nos introduce en la ansiedad paranoica de un excombatiente recién llegado de una misión y que sufre un fuerte episodio de estrés postraumático. Las secuelas nerviosas y auditivas de los conflictos van a impedirle regresar; mientras disfruta del permiso, trabaja con otros solados en labores de seguridad privada. Durante el transcurso de una fiesta en la mansión Maryland, su celo profesional llama la atención del dueño de la propiedad, un empresario libanés que le confía la protección de su esposa.
Diane Kruger interpreta a la mujer del millonario, una hermosa madre de familia que disfruta de todos los lujos y comunidades. Vincent, su guardián, es un hombre reservado que pronto queda prendado de la belleza de su patrona. El trabajo de este militar le obliga a desconfiar y a buscar peligros donde alguien no profesional no los vería; sin embargo, no es del todo seguro si las amenazas que anticipa son reales o fruto de las secuelas de su última misión.

Winocour maneja esta historia con una realización sobria y efectiva, con una selección de planos cercanos, agresivamente próximos, y una contundente gestión de la violencia, ayudada por la constitución y el físico de un Matthias Schoenaerts que cumple su papel a la perfección. La celosía entre las percepciones y las sospechas de Vincent y los acontecimientos del mundo real está fijada con esmero a través de la gesticulación del actor y de una perturbadora ambientación sonora. En este sentido, el uso de la música electrónica en el cine producido en Francia, para identificar estados alterados de la mente, empieza a ser una costumbre que no siempre casa con el objetivo. Para mi gusto, la directora no siempre acierta con los recursos que manifiestan la confusión del protagonista, aunque en conjunto, la ambientación está bien conseguida. Realmente consigue emplazar en la pantalla a dos personajes encerrados: al hombre atrapado por su confusión mental y a la mujer “protegida” en su jaula dorada.

Kruger hace un buen trabajo, creíble pero no fascinante; todo lo correcto que le permite un personaje que no está excesivamente trabajado sobre el papel y que está al borde del estereotipo. Quizá lo básico de su caracterización se deba al hecho de que los deseos de Vincent sólo alcanzan una simpleza esquemática, y sólo pueden encontrar un lugar en una típica fantasía de doncella en apuros y héroe salvador. Quizá toda la acción que transcurre en Maryland sea eso, la invención fantasiosa de un hombre que privado de su hombría (debido al estrés); de un soldado “castrado” que recrea un mundo donde puede ser el caballero que seduce a la princesa con su audacia.
Matthias Schoenaerts se echa el peso de la película a las espaldas y vuelve a fascinarnos con uno de sus personajes rudos y silenciosos, tapando algunas de las debilidades de la producción. Por debilidades me refiero a una realización de escenas que implican cámaras de seguridad cuya presentación visual no es demasiado realista ni convincente; también a la impresión que deja la película de querer contar algo respecto sobre el terrorismo sin terminar de decirlo, o sobre la inseguridad ciudadana en general; es decir, Maryland tiene un mensaje más amplio detrás de la narración concreta de la historia de este guardaespaldas, pero el mensaje es un tanto difuso, en algunos pasajes del metraje y en la brusca escena final. La silenciosa presencia del hijo mestizo del matrimonio entre una alemana y un libanés esconde seguramente muchas de las claves para interpretar este rompecabezas de Winocour, por momentos inquietante y absorbente. En cierto modo, en nuestro mundo supuestamente civilizado, Vincent se recoge en sí mismo y se muestra más receptivo a confiar en un animal, el pastor alemán que vagabundea por Maryland, que en cualquier persona. El animal, como el niño, nos sirve de punto de contacto para traducir las imágenes, pero no me parece que estos asideros sean lo suficientemente sólidos.

La trama manifiesta cierta desconfianza de Vincent hacia los árabes, aspecto que queda claro en la escena en la que sigue durante la fiesta a un invitado de la fiesta en Maryland. Las pantallas de televisión nos muestran imágenes sobre violencia y terrorismo en los informativos. Es probable que mostrar esas imágenes nos dé información sobre la percepción alterada de Vincent, sobre los temas que le generan dudas y sospechas. Quizá todo unido, la vigilancia permanente, las cámaras que nos controlan, la violencia que nos rodean, la crudeza del mundo retransmitida a diario y en directo, nos muestra a través del guardián protagonista la paranoia angustiosa de nuestro propio mundo moderno.

Maryland es en resumen una propuesta interesante de una joven realizadora francesa cuyas obras le auguran un futuro interesante. Ella y su equipo nos ofrecen una historia discreta pero emocionante, bien focalizada en la primera persona del protagonista, con una cámara muy próxima a sus gestos y a sus movimientos. Los dos intérpretes principales le hacen un buen servicio a la película y a su directora, sobre todo Schoenaerts. Pero creo que Maryland, aparte de ser una producción que hay que valorar, es el ensayo de Alice Winocour hacia otros proyectos más sólidos, más definidos y más trascendentales.

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