Crítica de ‘Jack’: El reverso de la infancia

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Jack

Para ejercer determinadas profesiones es preciso completar largos planes de estudios, superar oposiciones y en algunos casos estar en posesión de ciertas cualidades físicas y estabilidad psíquica y emocional. Sin embargo, cualquiera puede ser padre o madre. No hay que superar ningún examen ni demostrar a nadie que se es lo suficientemente cabal y responsable como para traer a un nuevo ser humano al mundo y no digamos ya educarlo y prepararlo para vivir en sociedad, si no, tan siquiera, cumplir las más elementales funciones de cuidado y manutención.

Entiendo que esto pueda sonar demasiado coercitivo y sacado fuera de contexto hasta sonar contrario a la más elemental de las libertades, pero pocas noticias causan más espanto que el maltrato, abandono o incluso asesinato de unos niños a manos de sus padres.

No es ninguna novedad asegurar que la infancia no es siempre ese periodo idílico de la vida durante el cual uno disfruta de la inocencia que da el desconocimiento de la miseria humana y de la despreocupada existencia que produce la ausencia de obligaciones y responsabilidades. Incluso para los que han tenido una infancia feliz (o simplemente una convencional) no debe resultar difícil imaginar que no todos los niños del mundo lo tienen igual de fácil.

Pero más difícil resultaría explicarle a un niño que tiene de todo en nuestra sociedad de consumo occidental, que no es necesario mirar hacia los países subdesarrollados para encontrar niños que no tienen infancia. A veces basta con echar un vistazo en la puerta de al lado para descubrir que hay niños a los que no tener fiestas de cumpleaños, vacaciones en la playa o visitas al parque de atracciones supone el menor de sus problemas. Hay niños en la puerta de al lado que no reciben la atención, los cuidados y el cariño de quienes más debieran ocuparse de ellas.

El director alemán Edward Berger nos trae en Jack, una nueva visita del cine al mundo de la niñez abordado desde su lado menos amable, el de los niños obligados a ejercer de adultos mucho antes de tiempo, obligados por la dejación de funciones de sus progenitores. Jack (Ivo Pietzcker) es un niño de diez años cuya vida discurre al cuidado de su hermano pequeño Manuel (Georg Arms) mientras la vida de su madre (Luise Heyer) transcurre entre un supuesto trabajo, despreocupados amantes e interminables juergas nocturnas.

Es absolutamente inevitable no ver la huella de los hermanos Dardenne en el modo en el que Berger aborda a sus personajes, en el que coloca su cámara a menudo sobre el hombro de su operador ni en el que establece una narrativa realista, a pie de calle, sin un resquicio para la complacencia propia o del espectador. Es un cine seco, árido, pero veraz y honesto como el de los hermanos belgas. No hay ensoñaciones, no hay apenas un instante para aspirar a un mundo mejor, Jack tiene que vivir pegado a la realidad que en todo momento se le impone antipática y hostil.

Es incuestionable que el niño Ivo Pietzcker es el alma de la película, su presencia es constante en cada plano y es imposible no sentirse implicado con ese niño valiente, corajudo, determinado a contravenir la funesta existencia que le ha sido impuesta y luchar por mantener unida su familia, una familia que, acaso, sólo existe en su afán de que exista.

Pero no es menos cierto que el gran mérito de la película recae en el saber hacer de Edward Berger que ejerce una dirección limpia, sin caer en el tremendismo efectista ni ceder a las concesiones sentimentales. En ese perfecto equilibrio radica el logro de implicar al espectador sin trampa ni cartón. Jack supone un nuevo hallazgo del realismo social en el cine europeo, un cine bastante en boga hace una década y del cual hacía tiempo que no recibíamos un ejemplo tan coherente si exceptuamos a los ya citados Luc y Jean-Pierre Dardenne cuyo magisterio en la materia es casi incontestable.

Si no fuera porque en algunos momentos es demasiado cruda, Jack debería ser de visión obligatoria en los colegios para que los niños que lloran por no tener el último modelo de videoconsola sepan que unos prismáticos pueden ser el mayor y más preciado tesoro con el que ver el mundo. Y para que tomen conciencia que de todas las carencias posibles, la de amor, es la más devastadora.

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