Crítica de ‘Chronic’: Emoción extrema secuestrada por la precisión técnica

Las críticas de Carlos Cuesta: Chronic

Podría decir que Chronic es una película estupenda, con un elenco difícil de superar, con un protagonista sobresaliente interpretado por un Tim Roth; decir que el realismo alcanza niveles máximos, que la emoción atraviesa la pantalla y se te mete por el jersey y te llega a las tripas; alabar la sensibilidad y el trabajo de contención y composición del director Michel Franco y del director de fotografía Yves Capa; es formidable contar una historia tan penetrante y oportuna sobre los enfermos crónicos y su dignidad; podría también comentar que lograr este film en menos de 100 planos, con un ochenta por ciento de ellos completamente fijos, de forma atractiva, es toda un hazaña. Podría decir todo esto y detenerme ahí, pero un espíritu crítico insoportable me obliga a decir que hay algo en Chronic que rompe la comunión entre lo que pienso y lo que siento: la evidencia de que en esta película la emoción está sometida a la razón y al cálculo.
La propuesta de Michel Franco es tan radical que se arriesga a conseguir en el público tan solo una victoria parcial. Doy por hecho que la película alcanza sus objetivos: provocar en el espectador a través del predomino del plano fijo la sensación de anquilosamiento y petrificación que sufre el enfermo, y en menor medida en su mente el dedicado enfermero que los cuida; la consecución de un realismo austero, sin el barniz de una banda sonora musical; la sensación palpable de la enfermedad que infesta el ambiente y de la paz que sólo puede proporcionar una persona capaz de ver a la persona más allá del enfermo y de las obligaciones onerosas que conlleva; la transmisión de la paradoja del cuidador que necesita ser cuidado o del humorista que necesita reír. El plan de Michel Franco es perfecto, funciona, impacta, emociona. Funciona incluso demasiado bien. Y el “problema” (si con una película así podemos hablar de problema) no es que haya logrado someter todas esas emociones subjetivas a los criterios mesurables de la composición lineal y de la proporcionalidad matemática; la cuestión que me incomoda es la constatación inmediata de que lo ha hecho.

Cuando vi Chronic tuve la sensación de pasar las hojas de un álbum ilustrado troquelado, o un álbum de fotos de los últimos momentos de la vida de un enfermo crónico. En esas fotos, de inmensa belleza y patetismo, de intensa sensibilidad y asomos de dignidad, la profundidad y la composición merecen un tiempo para ser admiradas. La realización nos lo da ajustando a la perfección la duración de cada plano a la información que debemos recibir de él. El movimiento interno del plano sustituye en la mayor parte de las imágenes al movimiento de la cámara, que sólo se manifiesta en cuatro panorámicas (bien oportunas) y en escasos travellings, apenas diez. La concepción del film recrea con maestría la vida detenida por la enfermedad en un momento insufrible y también eterno como el de una fotografía.

El director y guionista de Chronic ha entendido además que el drama sin cierta dosis de humor condena a la desesperación y petrifica al espectador. Incluso las bromas están gestionadas en su cantidad e intensidad con una precisión de un científico en su laboratorio. Uno no puede sino aplaudir el trabajo de mimetismo de Tim Roth, la sobrecogedora recreación del papel del enfermero. Todo el equipo actoral es sublime; merece un gran aplauso.
El abandona familiar, voluntario o no, forzado muchas veces por la incapacidad de los seres queridos de gestionar las necesidades físicas y emocionales de sus parientes, golpea al espectador. Lo hace aún más porque la ausencia de banda sonora no nos obliga a emotividades artificiales y nos confronta a nuestros propios pensamientos y fantasmas.
Pese a todas sus virtudes, Chronic llega para mí en un momento inoportuno como espectador. Después de haber visto recientemente Still Life (Nunca es demasiado tarde), y si no han visto esta película o Chronic deberían saltarse este párrafo, encuentro ciertas semejanzas que le arrebatan a esta última parte de su originalidad. Los protagonistas de ambas cintas siguen el mismo esquema de profesionales metódicos que sacrifican su vida para consagrarse a su profesión; ambos son personas tristes que han dejado a un lado su vida personal y que mantienen una serie de hábitos repetitivos que les preservan de sufrir más de lo que ya han sufrido; en los dos casos un acontecimiento provoca que comiencen a abandonar sus rutinas y se permitan volver a relacionarse, y en las dos películas los personajes terminan paradójicamente atropellados por un coche, como consecuencia del cambio de hábitos. Chronic no deja gran lugar a la sorpresa, y cuando la pretende, incluso ésta es previsible. Y una sorpresa previsible no e tal.
Este último aspecto acrecentó en mi la sensación de que Michel Franco ha expuesto demasiado “su plan”; que la maravilla estética y analítica, formidablemente proporcional, que ha logrado con Chronic parece estar construida a base de emplear una suerte de número áureo para dar con la obra perfecta. Hay mucho de humanidad en esta obra ambigua, visualmente estática, emotivamente dinámica; visualmente petrificada, emotivamente cálida. La cuestión, maldita sea, es que no puedo apartar de mi cabeza la idea de que la emoción y la técnica parecen estar sometidas a un fórmula matemática, a una pretensión geométrica. Quizá incluso en eso Michel Franco haya acertado.

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