60 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Tikkun’: Integrismo narrativo y visual

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 60 SEMINCI: 
Tikkun

Entré en pánico cuando minutos antes de empezar la proyección de Tikkun, su director Avishai Sivan fue presentado como “creador visual”. Detrás de tan pretencioso calificativo ya me he encontrado varias veces con bodrios en los que sus directores vuelcan toda su energía y empeño en concebir planos muy sugerentes, en elaborar una propuesta estética provocadora y en olvidarse de que existe una mayoría de espectadores a los que hay que intentar no aburrir. 

No tardé ni cinco minutos en darme cuenta de que por ahí, precisamente por ahí iban a ir los tiros de este director israelí que presentó su película como la segunda parte de una trilogía. Que no me esperen para la tercera. 
La propuesta estética es muy destacable, ese mérito no se lo voy a discutir. La fotografía en blanco y negro es un gran acierto y está muy bien realizada por Shai Goldman que consigue contrastar muy bien los interiores, e iluminar con acierto en ambientes difíciles como una carretera con niebla o una playa de noche. El problema viene cuando el director decide utilizar esa fotografía en una sucesión de planos estáticos, deliberadamente largos, encadenados en largos silencios y con un discurso narrativo que probablemente sea comprensible para él, pero que al espectador medio resulta absolutamente críptico. 
Una ducha que gotea. El grifo del lavabo que también gotea. La toalla colgada. El protagonista desnudo mirando la ducha. La ducha de nuevo. El grifo. Un plano en macro de un insecto. Silencio. Cada uno de esos planos dura varios segundos poniendo a prueba la paciencia de quien reclama que alguien diga algo. Pero cuando los personajes aparecen no consiguen desatascar la acción porque la concepción de la película se lo impide. Todo es lento. Hablan despacio. Comen despacio. Entran en un coche lentamente. Se quitan un apósito adhesivo de la piel con parsimonia (supongo que nadie les ha explicado que así duele más, ¡leches!).
El protagonista, Haim-Aaron (Aharon Traitel) es un joven judío ultraortodoxo intelectual que se dedica intensivamente a estudiar la Torá en su centro de estudios (Yeshivá es el nombre que recibe) y le ocurre más o menos lo mismo que a Don Quijote, que del mucho leer y del poco dormir se le secó el cerebro y se le nubló el entendimiento. Como resultado de un prolongado ayuno cae enfermo y a partir de ahí vivirá en un permantente tormento psicológico que se traslada a su familia, fundamentalmente a su padre que sufre continuas pesadillas pretendidamente buñuelianas.  
El actor Aharon Traitel es uno de los intérpretes más inexpresivos que he visto en mucho tiempo, probablemente su trabajo obedezca órdenes minuciosas de su director, pero el resultado es que en ningún momento consigue empatizar con el espectador. Su personaje es plúmbeo, a la media hora me importa un pimiento su lucha interior entre otras cosas porque en ningún momento me cuenta qué es exactamente lo que le tiene amargado. Bueno, en un momento dice que no le gusta su cuerpo. En fín. 
No me molesta por sí misma la transgresión en el cine (ni en el arte en general), pero para transgredir hay que saber hacerlo y se requiere mucha más inteligencia que coraje. Que Avishai Sivan tiene coraje no lo pongo en cuestión, pero algunos de sus transgresores planos no tienen ni pies ni cabeza y están filmados con la única intención de epatar y de revolver las tripas al espectador. El gusto por la escatología tiene un límite a partir del cual deja de tener gracia, y algunos personajes se pasan buen parte de la película en el baño. Meter la cámara por un retrete después de que un personaje lo haya utilizado para asuntos mayores le puede parecer muy audaz pero no lo es si no tiene un propósito más allá de provocar.
 
En cuanto a otro tipo de planos con los que también se adorna, habría que decirle al Sr. Sivan que ya hace casi ciento cincuenta años que un genio de la pintura llamado Gustave Courbet pintó “El origen del mundo”, que vaya al Museo de Orsay y a lo mejor tiene la suerte de encontrarlo.

Tikkun ofrece un mundo muy ajeno para los que no practicamos el judaismo ultraortodoxo, y si además se hace con unos códigos visuales peculiares y una narrativa marciana, el resultado es una película que tendría mucho mejor asiento en la galería audiovisual de un museo de arte contemporáneo que en una sala de cine, por mucho que se trate de un festival de cine de autor.

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