60 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Una historia de locos’: No se puede vivir para siempre en la ira

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 60 SEMINCI: 
Una historia de locos

Hay episodios históricos que conocemos por el cine. Esto es incuestionable para al menos un importante sector de la población que vive al arbitrio de lo que los medios de comunicación y  demás creadores de opinión consideran que es noticia. Ahora mismo hay abiertos muchos conflictos bélicos en el mundo pero los informativos sólo se ocupan de aquellos a los que se les ha dado voz, hay otras guerras invisibles, guerras de segunda división de las que apenas nadie habla, sus víctimas son menos importantes. Como si no fueran seres humanos.

Pero el cine también es selectivo. También existe una historia de primera división y otra de segunda. Me gustaría creer que los criterios son sólo cinematográficos, que algunos episodios históricos son llevados al cine porque tienen mayor fotogenia, pero no creo que sea así. Una parte de la historia no se lleva al cine porque a casi nadie le interesa hacerlo o porque casi nadie se atreve a hacerlo. Y aquí es donde hay que destacar la tremenda valentía del director francés Robert Guédiguian, un clásico de la SEMINCI (esta es su sexta participación), que esta mañana ha presentado a concurso Una historia de locos.

Existen decenas (no me atrevo a decir centenares aunque probablemente existan) de películas sobre el genocidio judío por parte de los nazis. Algunas de ellas son obras maestras inmortales de la historia del cine. A nadie se le ocurre cuestionar la pertinencia de esas películas y, fuera del cine, el genocidio judío es conocido por todo el mundo y reconocido como uno de los mayores crímenes de la humanidad.

Sin embargo, entre 1915 y 1923, un millón y medio de armenios fueron deportados, obligados a marchar en condiciones extremas y exterminados por el gobierno del Imperio Otomano, antecesor de la actual República de Turquía. Los hechos ocurridos, que obedecieron a una política sistemática y premeditada por el gobierno otomano, son negados incluso hoy día por el gobierno turco que los atribuye al resultado de lucha étnicas, enfermedades y demás calamidades fruto de la guerra. No permite hablar de genocidio, ejerciendo un vergonzante negacionismo mientras el resto de los países mira para otro lado.

Este desconocimiento de los hechos históricos ha motivado a Robert Guédiguian a que su película Una historia de locos tenga un prólogo de aproximadamente media hora, filmado con enorme maestría en un impecable blanco y negro, mediante el cual sitúa al espectador en el contexto de lo que ocurrió en Armenia a través de la reproducción del juicio contra Soghomon Tehlirian, un joven armenio que en 1921 asesinó en Berlín a Talat Pashá, al que desde su puesto en el Imperio Otomano se le consideraba responsable de haber dado la orden de masacrar la aldea de Tehlirian.

Esta primera media hora de película, para la cual Robert Guédiguian se ha basado en las actas auténticas del juicio, recuerda inevitablemente a Vencedores o Vencidos (Stanley Kramer, 1961) sobre los juicios de Nuremberg que tuvieron lugar tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Tras esta didáctica e irreprochable introducción, la fotografía se torna a color y Guédiguian nos traslada del Berlín en blanco y negro de 1921 al París de finales de los años 70 para contarnos una emocionante historia basada en el libro autobiográfico “La Bomba” (1980) y en “Armenios, el genocidio olvidado” (2009) del periodista español José Antonio Gurriarán.

La familia protagonista, armenia de segunda y tercera generación, aunque la presencia de la abuela recuerde a todos su procedencia, vive pacíficamente en un barrio con numerosas familias con las que comparte el origen armenio. El padre Hovannes (Simon Abkarian) y la madre Anouch (una maravillosa, como siempre, Ariane Ascaride) tratan de educar a sus hijos en la tranquilidad del colmado que regentan sin cerrar un solo día. El primogénito Aram (Syrus Shahidi) es llevado por el creciente rencor entre la comunidad armenia a la que pretenden negar su pasado; y cuando la influyente Embajada turca en París veta la creación de una lápida en recuerdo del millón y medio de armenios fallecidos sesenta años antes, vive y se implica en el surgimiento de un grupo terrorista que al atentar contra el embajador turco, deja como víctima inocente a Gilles (Grégoire Leprince-Ringuet) un joven estudiante de medicina que pasaba en bicicleta por delante de la Embajada de Turquía durante el momento del atentado.

Este personaje, basado en José Antonio Gurriarán (él en realidad sufrió el atentado en Madrid), sirve además de para contar una emocionante historia, para desarrollar todo el discurso ético presente en Una historia de locos.

El carácter injustificable del terrorismo es uno de los nudos gordianos de la película que Guédiguian debate a través de sus personajes sin posicionarse, sin pontificar, sin tratar de dar lecciones. Algunos personajes rechazan cualquier forma de terrorismo mientras otros consideran que no son terroristas ni asesinos, son justicieros. Ya conocemos los eufemismos que los defensores de esta postura han empleado en nuestro país durante décadas: lucha armada, conflicto… cualquier cosa para evitar la palabra terrorismo. Unos evitan la palabra genocidio, otros evitan pronunciar terrorismo. Hay que ver el poder que tiene el lenguaje.

La existencia de Gilles como víctima inocente atormenta a Aram, que rechaza las acciones indiscriminadas y se cuestiona que deba hacerse cualquier cosa a cualquier precio. Sus padres viven su militancia terrorista de manera diferente. Mientras su padre Hovannes  es un hombre pacífico para el que su única patria es su familia y su trabajo, Anouch vive su condición de madre entre la admiración por la conciencia política de su hijo, el irrenunciable amor de madre y el dolor de la vergüenza de ver a su hijo convertido en un asesino.

La historia de Gilles va cobrando protagonismo hasta convertir el film en una auténtica lección de humanidad. La emocionante historia de Gurriarán se apodera del relato para convertir la película en algo más que una crónica histórica.

No me gusta aplicar la palabra “necesaria” a una película. Creo que la mayoría de las veces que se dice de una película que es necesaria, la necesidad responde al interés de quien la hace o de los defensores de la causa que denuncia, pero creo que Robert Guédiguian ha hecho una película absolutamente necesaria para dar voz a un episodio histórico que debería ser más conocido (y reconocido por quien debe hacerlo), al tiempo que da una auténtica lección de humanidad y de entendimiento imprescindible para salir adelante en los atolladeros de la historia.

Guédiguian dirige con enorme talento, el mismo que derrochan el reparto al completo con Ariane Ascaride a la cabeza. Gran cine en la Sección Oficial de la SEMINCI en una película que de una u otra forma debería formar parte del palmarés. Ya veremos.  

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