60 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Dheepan’: La guerra está en todas partes

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 60 SEMINCI: 
Dheepan

Comenzar una nueva edición de la SEMINCI con la oportunidad de ver la ganadora del último Festival de Cannes es, para empezar, un auténtico lujo. La película Dheepan de Jacques Audiard da continuidad a la presencia del director francés en nuestro festival que se remonta 19 años atrás cuando en 1996 se alzó con la Espiga de Plata por la película Un héroe muy discreto y a su más reciente presencia con De óxido y de hueso en 2012 con la que obtuvo los premios al Mejor Director, al Mejor guion coescrito por el propio Audiard junto a Thomas Bidegain y al Mejor Actor para Matthias Schoenaerts. En esta ocasión, su condición de triunfadora en Cannes hace que sea presentada en la Sección Oficial, pero fuera de concurso. 

Con Dheepan, Audiard pone el dedo en la llaga a un asunto de máxima actualidad en Europa durante las últimas semanas con la masiva llegada de personas que huyen de una situación de guerra en busca de una vida mejor. Jacques Audiard evita el debate sobre la diferente consideración que tienen (o deberían tener) un inmigrante y un refugiado, figuras con un diferente ámbito jurídico como se ha encargado de recordar el protagonista del film, Jesuthasan Antonythasan, en la rueda de prensa que siguió a la proyección de la película. 

Para Audiard, sus personajes son, ante todo, seres humanos que huyen de un país en guerra (en este caso Sri Lanka) para tratar de encontrar en Europa (en este caso Francia) un nuevo comienzo renunciando incluso a su verdadera identidad. Dheepan (Jesuthasan Antonythasan) es un ex combatiente en la guerra civil de su país que junto a una joven mujer y a una niña huérfana conforman una familia impostada para conseguir entrar en Francia. Una vez en París, la niña (Claudine Vinasithamby) comienza a ir al colegio mientras Dheepan trabaja como portero en un sórdido edificio y la joven mujer (Kalieaswari Srinivasan) lo hace cuidando a un enfermo. 

La película avanza en su primera mitad como un drama de personajes donde lo más importante es la progresión de los vínculos afectivos que se produce entre tres personas obligadas a entenderse pero no necesariamente a quererse. Audiard apunta hacia varios temas de enjundia como la integración de la niña en un sistema educativo extraño y cierto rechazo por parte de sus compañeros, el papel de la mujer inmigrante obligada a trabajar entre hombres, y la lucha de un hombre acostumbrado a la guerra por imponer un ambiente de paz en un vecindario retratado por Audiard con ambigua turbiedad. 

La sutileza a la hora de abordar los momentos más comprometidos es la mayor virtud del largometraje en su primera parte, Audiard evita en todo momento caer en el morbo fácil y utiliza el lenguaje cinematográfico con enorme oficio situando en todo momento al espectador donde él quiere que esté, no nos da más información que la que quiere dar, y lo mismo coloca la cámara a pocos centímetros del rostro de uno de sus personajes que la saca del edificio para filmar una secuencia desde fuera y permitirnos mirar y escuchar solamente a través de los cristales. 

Mediado el film, Jacques Audiard comienza a mostrar lo que mejor sabe hacer, retratar la violencia latente en la naturaleza humana y su afloramiento como resultado de los detonantes que ha ido cociendo durante el metraje precedente. A partir de aquí, la mujer, brillantemente interpretada por Kalieaswari Srinivasan pierde un poco de protagonismo y el personaje de la niña se diluye lentamente para que sea Dheepan el que soporte casi todo el peso del film cuando comprueba que las heridas que él creía cerradas se abren al encontrarse con otro tipo de guerra en el país al que huyó buscando paz. 

Los tres citados intérpretes están sencillamente soberbios, más aún teniendo en cuenta que para los tres, su participación en esta película supone su primera incursión en el cine. Sobre su brillante trabajo y sobre el sólido guion del propio Audiard, Thomas Bidegain y Noé Debré, Dheepan se constituye como un potente film con la extraña cualidad de alternar momentos amables con otros de áspera crudeza, para dejar un poso de buen cine que confirma a Jacques Audiard como uno de los directores más sobresalientes, no sólo de nuestro país vecino, sino de todo el panorama cinematográfico europeo.

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