El verano en el cine como antesala a la madurez

Me encuentro en una terraza junto al mar, viendo el atardecer rosado. Parece mentira que hace menos de un mes el sol brillase aún con fuerza a esta hora. La colcha ya no sobra por las noches, después de haber pasado el verano más caluroso que muchos puedan recordar. Pero todo tiene un comienzo y un final, y la segunda quincena de agosto y primera de septiembre sabe a despedida, a cambio de planes y a reorganización de horarios y vida. Con los primeros anuncios de la vuelta al cole empieza el estrés de saber que vuelve la cotidianidad, el impertinente despertador a las siete de la mañana y los días cada vez más cortos. Se acerca la época de recogimiento cuando nuestra sangre aun grita de alegría por esa sensación de libertad estival.

El verano es la estación de la irresponsabilidad, el juego y el sosiego, por eso literatura y cine lo han retratado centenares de veces como una estación de cambio y crecimiento hacia la madurez. Las últimas semanas del verano saben a nostalgia, al final de la despreocupación y el comienzo del deber, y no son pocas las películas donde la obligada madurez de los protagonistas ha llegado precisamente a finales de esta estación. O al menos de uno de ellos, como Margarita en Del rosa al amarillo, dirigida por Manuel Summers en 1963. Tras un verano separada de Guillermo, el chico que le gusta, le rompe el corazón a este después de dos meses en los que ella ha crecido y él se mantiene niño. La historia se cierra con la evocadora “Mirando al mar” de Luis Sepúlveda como nota melancólica.


Harper Lee escribía en su novela “Matar a un ruiseñor”: “El verano era nuestra estación favorita (…) En el verano la comida estaba más buena; había cientos de colores en un paisaje reseco; pero por encima de todo, el verano suponía el regreso de Dill”. Dill es un vecino que pasa los veranos en Maycomb. Para los protagonistas, Jem y Scout, Dill supone juegos y aventuras, y para esta última Dill se convierte además en su primer amor. Matar a un ruiseñor es una de las obras literarias (y cinematográficas en la versión que Robert Mulligan dirigió en 1962) que mejor describe el escalón que sube a la madurez y, si bien la acción transcurre a lo largo de varios años, el verano tiene un papel fundamental en el paisaje sureño en el que transcurre la historia. Seguimos el crecimiento de los hermanos Jem y Scout durante tres años donde alimentan su imaginación infantil con historias sobre su misterioso vecino Boo Radley, mientras que se van haciendo algo más adultos al ser testigos del caso que encargan a su padre abogado, Atticus. El crecimiento de los niños no es solo físico y psíquico, también es social cuando han de enfrentarse a temas como el racismo o el clasismo.

En el caso de Scout, vemos además una inmensa capacidad de reflexión. No son pocos los pensamientos que la niña tiene hacia el verano, lo describe del modo en el que los niños lo viven, como algo aparentemente estático que, sin más, desaparece. En la cabeza de Scout los veranos se suceden casi de inmediato, y sin embargo la espera siempre parece demasiado larga. El final del verano marca además dos momentos imprescindibles de la novela. Es a finales de agosto cuando Dill fuerza a Boo Radley a salir de su casa, algo que derivará en una relación con Scout y Jem a través de presentes dejados en un árbol a lo largo del año siguiente. Dos años después, también al terminar el verano es disparado Tom Robinson al intentar escapar de prisión. Final de agosto supone en ambos casos una ruptura con la situación anterior, el vestíbulo a un cambio.



Stephen King es un experto a la hora de sumergirse en la mente del niño casi hombre y, frecuentemente, esa metamorfosis la ha situado en la época estival que crea una frontera entre el pasado y el futuro marcada por un abismo de inseguridad e incertidumbre. Pero si hay un relato de King que merece ejemplificar este suceso, ese es sin duda “El cuerpo”, que en 1986 fue adaptado al cine por Rob Reiner con el título Stand by me (Cuenta conmigo).
Cuatro chavales salen una mañana en busca del cadáver de un chico que ha permanecido desaparecido durante días. En las poco más de veinticuatro horas que transcurren, sus idiosincrasias infantiles van tomando forma de personalidad adulta. Mientras que de Vern y Teddy apenas llegamos a saber nada, Gordie y Chris se definen de tal modo que, a pesar de que Chris (en la película interpretado por River Phoenix) viene de un entorno problemático y es etiquetado de gamberro por los adultos, sabemos que es un chico inquieto cuyo liderazgo proviene de una profunda inteligencia que utiliza para apoyar a Gordie en un momento en el que la pena por la muerte de su hermano mayor amenazan con matar la creatividad que se desarrolla en su cabeza a través de sus cuentos. Chris vive estigmatizado, convencido de que aquello que dicen los mayores de él ha de ser cierto. No es sino a través de la voz en off del narrador que sabemos que como adulto luchará por dejar esos prejuicios atrás y convertirse en el hombre que quiere ser.
Cuenta conmigo es sin lugar a dudas la mejor inmersión que el actor Rob Reiner hizo en la dirección junto a Cuando Harry encontró a Sally. Reiner consigue sacar el máximo partido de sus jóvenes actores que, a excepción de Phoenix que murió en 1993, terminaron convirtiéndose en pasto de reality en el caso de Corey Feldman o en actores televisivos si nos referimos a Will Wheaton y Jerry O’Connell.



En su versión femenina, y con unas interpretaciones algo más mediocres, se estrenó en 1995 Amigas para siempre. Una pandilla, un misterio y un verano por delante. Amigas para siempre comparte multitud de elementos con Cuenta conmigo y, aunque carece de la profundidad de los personajes de la primera, su guionista, Marlene King, también buscó explorar problemas adultos a través de los ojos de unas niñas. Divorcio, abandono, liberación sexual… Amigas para siempre está ambientada en los años setenta, década que junto a la que la precede supone la mayoría de edad en los Estados Unidos que, con la llegada de la televisión a cada hogar, no pudo seguir protegiendo a sus ciudadanos del mundo exterior. Desgraciadamente, los elementos más atractivos se ahogan entre escenas excesivamente ñoñas que se limitan a los pocos momentos que las protagonistas aparecen como mujeres adultas, poco más de cinco minutos en los que se debió ir el presupuesto de reparto entre actrices como Demi Moore, Melanie Griffith o Rosie O’Donell. Pero centrándonos en el argumento principal, se puede disfrutar de un trabajo interpretativo bastante decente por parte de una jovencísima Christina Ricci y de Thora Birch en el papel de niña frívola obsesionada con su poco desarrollada delantera.
En Amigas para siempre se introduce además un elemento que le sienta estupendamente al verano: el primer amor. En la película, ese enamoramiento lo protagonizan Roberta y Scott, interpretados por Ricci y Devon Sawa, que ya compartieron beso en Casper. Pero frente a la relación entre las chicas y el misterio que han de descubrir, el amorío no parece más que un complemento argumental para cubrir metraje. Sin duda hay ejemplos mejores para descubrir el amor en las calurosas noches de agosto.

Volvemos a Robert Mulligan, quien tan exquisitamente adaptó Matar a un ruiseñor a la pantalla, y quien en 1991 dirigiría The man on the moon (ridículamente traducida en nuestro país como Verano en Louisiana) donde debutó Reese Witherspoon con apenas quince años y en la que Dani, papel que interpreta, se enamora por primera vez de un guapísimo Jason London, pero que debe lidiar con el hecho de que todos la sigan viendo como una niña. En ese verano de 1957, Dani se enfrentará no solo al desamor sino también a la muerte y a la despedida. La marcha de su hermana a la universidad enfatiza esa sensación estática del adolescente cuya vida parece no cambiar nunca y se alarga cada uno de sus días tanto como la luz del sol en agosto.

Ese mismo año, el amor, la muerte y la infancia en el verano de una chica se convertía en taquillazo con el estreno de Mi chica. Una vez más a comienzos de los setenta, la historia la protagoniza Vera, una niña excepcionalmente inteligente que pasa un verano junto a su amigo Thomas mientras sueña con casarse con su profesor de poesía. Un melodrama que destaca por el talento natural de su actriz principal Anna Chlumsky que por aquel entonces contaba solo con once años, y que nos ha dejado momentos lacrimógenos a los que pocos espectadores son inmunes. La frase “¿Dónde están sus gafas? No puede ver sin sus gafas” ante el cuerpo de Macaulay Culkin aún nos encoge a muchos el corazoncito. El final del verano en este caso, es un renacimiento, una oportunidad de crecer con la nueva estación y dejar atrás el dolor para mantener solo los buenos recuerdos de una etapa de la infancia que no volverá.
Pero la madurez no es un trago por el que únicamente haya de pasar el infante. Crecer tiene fases y el verano también ha aparecido como periodo de naturaleza transitoria en películas cuyos protagonistas habían dejado atrás la adolescencia. El graduado, dirigida por Mike Nichols y basada en la novela homónima de Charles Webb, es posiblemente el mejor ejemplo que se pueda dar de ello.

Benjamin Braddock es un joven graduado en una universidad de prestigio que vuelve a California para pasar el verano con sus padres. Asomado a ese abismo de incertidumbre posterior a la universidad, Benjamin escucha de modo indolente aquello que sus padres y los amigos de estos esperan de él. En esa agobiante atmósfera de clase media alta en la que Braddock se siente tan incómodo, conoce a la esposa del abogado de su padre, la Sra. Robinson. A lo largo del verano, ambos mantendrán una aventura y, la historia en la que el joven se involucra para complimentar un desconocimiento sexual y sentirse más hombre, le convierte finalmente en un adulto egoísta e infantil, como se hace patente en la escena de la cita con Elaine, la hija de los Robinson.

Benjamin Braddock teme lo que será de su vida ahora que las obligaciones académicas han terminado, y es que el verano supone ese momento de reflexión antes de una nueva etapa. De ello habla la que algunos consideran la obra maestra de George Lucas: American Graffiti. Estamos ante una película que no trata únicamente del final del verano para un grupo de jóvenes, sino del final del verano para Estados Unidos que verá con la guerra de Vietnam como el sueño americano se convierte en pesadilla.
Franca, divertida y sensible, American Graffiti derrocha esperanza y decepción y está envuelta de nostalgia, una nostalgia que enfrenta todo lo que significa la juventud, representada en ese grupo de jóvenes libres y felices que pasan en sus coches las interminables noches del verano del 62 en un pueblecito en California, con un futuro que sabemos supone el fin de la inocencia de una nación marcado por la muerte del presidente Kennedy. American Graffitti trata de ese sentimiento que todos hemos tenido en algún momento en el que intentamos proyectar una luz sobre lo que será de nuestras vidas de ahí en adelante.
Con una banda sonora indispensable en cualquier colección, American Graffitti es además una pasarela de caras conocidas como Harrison Ford, Ron Howard o Paul Le Mat, y una interpretación soberbia de su protagonista Richard Dreyfuss que da vida a Curt, el personaje que encarna la duda de todo joven de diecisiete años cuando la sociedad exige una respuesta rápida sobre qué hará con su futuro, pero su mente se mantiene demasiado torpe como para tomar una decisión tan trascendental.
Si Curt, con diecisiete años, tiene miedo a hacerse un hombre, los prepúberes con frecuencia no ven el momento de ser tomados en serio. Este es el caso de Joe, Patrick y Biaggio, los personajes protagonistas de Kings of Summer, una pequeña joya nominada al Gran Premio del Jurado en Sundance en 2013 y que supuso el desvirgamiento en la dirección de largometraje de Jordan Vogt-Roberts. El guión de Chris Galletta narra con humor y ternura el intento de tres jóvenes de independizarse de sus padres construyendo una cabaña en medio del bosque. Con el encanto de la melancolía que se apodera de ese tramo vital que supone el limbo entre la infancia y la adolescencia, Vogt-Robert dirige una película donde es tan fácil identificarse con los niños, insignificantes y sin voz para los adultos, como con el padre de uno de ellos, interpretado por Nick Offerman, que hundido en la pena de su viudez, controla en exceso a su hijo como última pieza de su antigua familia ahora que su hija mayor se ha ido de casa.

También se escapan cansados del mundo adulto los protagonistas de Moonrise Kingdom, uno de los títulos más celebrados del director Wes Anderson. Con su encanto cinematográfico tan particular, Anderson nos cuenta la historia de Suzy, una niña perdida en la posición de hermana mayor a la que su madre tiene siempre vigilada, y Sam, un niño huérfano que se encuentra en la isla ficticia de Fenzance, en Nueva Inglaterra, con un grupo de boy scouts. Ambos niños insólitos, ajenos al resto, se convierten en amigos por carta y pronto en cómplices en su escapada hacia la libertad.
En poco más de veinticuatro horas juntos, Sam y Suzy exploran el mundo de lo que ellos creen que es ser adultos. Bailan en ropa interior, se besan con lengua y ella coloca la mano de él en su pecho diciendo que algún día crecerá. Pero ese momento que puede rozar lo inquietante de la sexualidad temprana en unos niños, se rompe cuando Sam avisa inocentemente a Suzy de que tal vez moje la cama.
Los niños quieren a toda costa alejarse del mundo adulto en el que han vivido, convirtiéndose ellos mismos en personas mayores sin que eso suponga una ridiculización de los protagonistas. Anderson trata en todo momento a sus personajes con respeto, sin menospreciar en ningún momento su relación romántica, mientras que los adultos aparecen como individuos más perdidos, inseguros y volubles que los propios niños. Con la tormenta que anega la isla, pero que también se convierte en el elemento reconciliador, se prevé la llegada del otoño y con él los cambios. No habrá separación para Suzy y Sam, pero si que hay un cambio en el modo en que son tratados por los adultos.
Son interminables los ejemplos de películas que han procurado plasmar el complejo viaje psicológico que supone el crecer. Muchas de ellas tienen como escenario el verano y no es en absoluto una elección involuntaria. Nuestro cuerpo se adapta a las horas de sol de tal manera que entendemos la falta de luz como un momento para el recogimiento y el cambio. Nos convencemos de que debemos enfrentarnos al otoño con fuerzas renovadas, pero lo cierto es que los cambios dan miedo, así que añadimos ropa a nuestro cuerpo según bajan las temperaturas, nos volvemos un poquito más huraños y contamos los días hasta el siguiente verano, cuando podamos volver a la irresponsabilidad y la alegría de las noches sofocantes. ¿Y hasta entonces qué? Bueno, hasta entonces nos queda el cine, después de todo la vida dentro de la pantalla no entiende de estaciones.

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