Crítica de ‘Un día perfecto’: Representación del egoísmo que mueve el mundo

Las críticas de Óscar M.: Un día perfecto
El director Fernando León de Aranoa tiene una capacidad de la que pocos pueden alardear, y es la de hacer interesante una historia, en principio, simple y aburrida. Lo consiguió con Familia, su ópera prima, y lo vuelve a conseguir con Un día perfecto, una película que vuelve a basarse en las pequeñas cosas cotidianas, pero igualmente interesante.
La historia de unos cooperantes para la paz en el final de un conflicto armado y el intento de ayudar a los habitantes del lugar son la base de una historia que, aunque pueda parecer poco impactante en un primer momento, desarrolla con realismo y soltura la dificultad de este tipo de integrantes de la ayuda humanitaria.

Hábilmente, y basándose en experiencias personales, el director adapta la novela “Dejarse llover” escrita por Paula Farias, y, usando el principio y el final del relato, desarrolla una historia centrada en las dificultades que el propio ser humano interpone a problemas que tienen fácil solución, usando, de nuevo, pequeños elementos que hacen avanzar la narración.
Todos, incluso el pequeño niño y el intérprete que acompañan a los personajes principales durante el día que dura la película, se mueven por su propio interés y guiados por su propio beneficio. Incluso los lugareños o los militares que se niegan o rechazan a prestar su ayuda. El egoísmo es la motivación de todos los personajes de la película, un detalle que se revela tras un análisis y que el director ha sabido ocultar con habilidad en el guión.
Un día perfecto se apoya directamente en las interpretaciones de los actores para llevar al espectador a través del horror que dejar tras de sí una guerra. Benicio del Toro y Tim Robbins interpretan los papeles principales, que también se basan en personajes reales con los que estuvo en contacto el director antes de escribir el guión. Pero el apoyo de Olga Kurylenko y, sobre todo de la bella y talentosa Mélanie Thierry, consiguen crear una atmósfera que acompaña al espectador durante el metraje.
Dicha atmósfera está directamente cimentada sobre las excelentes localizaciones (rodadas entre Granada, Málaga y Almería) y lo constante sensación de estar atrapados dentro del laberinto que forman las montañas que integran el paisaje, un lugar donde los personajes van dando vueltas de un lado a otro intentando encontrar una solución a un problema que se han propuesto arreglar.
La controvertida elección musical también tiene su explicación, aunque su presencia en la pantalla suponga un fuerte contraste tanto con las imágenes como con la historia, la canciones elegidas (la mayoría de rock, más o menos, duro) son, quizás, lo que más consigue extraer al espectador de la historia, por mucho que su inclusión se haya usado para suavizar la gravedad de lo que sucede a los personajes.
Al igual que el uso del aspecto cómico (sobre todo centralizado en el personaje interpretado por Tim Robbins): es un elemento discutible, a pesar de estar justificado por el director y, de nuevo, por tener base real. En un primer momento puede parecer fuera de lugar, pero aporta cierta soltura y ligereza a una historia difícil (y que podría haber sido más cruel), pero que deja una sensación de satisfacción en el espectador.

Un día perfecto puede no ser una película perfecta, pero es curiosa de ver por su particular forma de tratar los conflictos armados sin utilizar en pantalla escenas de batalla o mostrar directamente los estragos de la guerra con heridos o muertos. León de Aranoa ha vuelto a conseguir dar un giro de tuerca al género bélico.

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