Crítica de ‘The Program’: Un secreto a voces tan grotesco como parece

Las críticas de Carlos Cuesta: The Program

Después de que el ciclista Lance Armstrong confesara haberse dopado para ganar sus siete Tours de Francia, se multiplicó milagrosamente el número de personas que siempre lo había sabido. Sin embargo, en este caso era fácil sospechar que la fantasía gloriosa de este deportista era demasiado perfecta para ser cierta. Pasar de medio muerto a invencible, de vencer al cáncer a conquistar el Tour un número inédito de veces, cumplía todos los requisitos para enamorar a los adictos al sueño americano y a los asiduos a las historias de superación y autoayuda. Parecido al famoso titular de Marca sobre el presunto dopaje de la atleta Marta Domínguez, Lance Armstrong también era mentira.
The Program es un biopic coproducido entre Estados Unidos y Francia y dirigido por Stephen Frears (La reina, Las amistades peligrosas) que trata de detallarnos el desarrollo del programa de dopaje que lanzó a Armstrong y a su equipo a lo más alto del ciclismo internacional. Ben Foster está más que convincente en su caracterización del deportista y consigue recrear a un hombre competitivo y ambicioso, obsesionado con la victoria a cualquier precio. La película es la historia de la mentira continuada de un hombre, pero sobre todo la radiografía de una inmensa colección de traiciones: las de todos los deportistas e instituciones que le ayudaron a vencer y consintieron sus éxitos fraudulentos. 

The Program refuerza la tesis de que las trampas de Amstrong eran evidentemente grotescas y que si alguien no sabía la verdad es porque no quería saberla. La interesante experiencia vivida por el ciclista, desde el éxito al infierno del cáncer y su posterior “resurrección” fue un auténtico regalo para la industria del espectáculo; un mundo bien acostumbrado a alzar a sus héroes y a dejarlos caer como muñegotes sin ningún escrúpulo. A mi juicio, Amstrong ha sido el chivo expiatorio de un lavado de conciencia y esta película lo refleja bien, aunque la producción tome parte también de este linchamiento en la plaza del pueblo.
La última película de Stephen Frears tiene muchos argumentos para ir a verla, empezando por unas buenas actuaciones, un relato interesante y una realización de las escenas de ciclismo muy interesante: Los lances de la competición, el esfuerzo físico, las maquinaciones en la carretera, la velocidad como representación de una crítica ética de la ambición, la utilización reiterada de planos inclinados para preparar la caída del héroe desde su pedestal hipócrita y delirante; todo está concebido de tal manera que nos permite sentir el vértigo al borde del abismo de las exigencias (morales y físicas) de la alta competición.
La representación de Lance Armstrong lo aisla de su vida privada, nos lo muestra así como un hombre demasiado pagado de sí mismo para el que sólo la victoria contra el cáncer y la victoria sobre la bici tienen algún sentido. La determinación por mostrarse como un triunfador pese al distanciamiento entre su concepto de sí mismo y la realidad, consigue alcanzar en The Program una fuerza dramática impresionante. La expresión silenciosa de sus dilemas éticos está francamente bien conseguida y permiten matizar un personaje que no debe limitarse al de un impostor sinvergüenza.
Como el propio hombre al que aluda, la película también tiene sus “pecados”. La producción aborda de una forma quizá demasiado súbita la cuestión del dopaje, afirmando que Armstrong no dudo ni un momento en recurrir a él, a partir del momento en que comenzó a competir en el Tour. Ese posicionamiento quizá sea demasiado riguroso con el deportista (o quizá no). Sí es cierto que, igual que el progreso deportivo requiere unas fases paulatinas, el salto al dopaje y la expiación final podrían haberse mostrado en pantalla de una forma más progresiva. Esa impaciencia resta solidez a una composición de la trama que es emocionante, intensa y digna de verse.
Por otra parte, aunque el libro en el que se basa la película partió de la pluma del periodista David Walsh (encarnado en la película por Chris O’Dowd); el personaje del reportero queda demasiado al margen en algunos momentos de la película. Es cierto que su papel ayuda a una contextualización de la figura de Armstrong y que aporta una voz potente de denuncia a la farsa creada en torno al deportista. Sin embargo, creo que The Program minimiza la importante del escritor en el desenmascaramiento del ciclista.

El final del caso es conocido por todos, así que no desvelo nada si comento varias cuestiones del final de la película. La rústica infografía que explica con textos qué fue de la vida de cada personaje castra una secuencia poética y llena de significado sobre la actitud de Amstrong, una vez liberado de sus mentiras; tampoco estoy nada satisfecho con la manera en que aparece representado el español Alberto Contador, con un actor (Lucien Guignard) que no nos hace pensar en su referente real y que ejecuta su gesto más característico (el disparo del pistolero cuando lograba una victoria) de forma muy poco creíble. Esta torpeza podría bien reabrir debates del tipo “¿por qué es mejor escoger a un negro para hacer de Baltasar en la cabalgata de Reyes?”, como si no hubiera actores españoles que pudieran haber soportado con más realismo sus escasos treinta segundos de aparición, con un castellano y una apariencia más creíble. 
Pero si lo comparamos con los ridículos planos del podio en los Campos Elíseos de Paris (que parecen rodados para una teletienda) es poca cosa, aunque es cierto que este desinterés por presentar a Contador como se merece va bien en la línea de cierto desprecio francés hacia la élite deportiva española. Digo yo que es de justicia algún plano en el que se reconociera a Indurain entre las múltiples imágenes de archivo. También es justo decir que The Program tiene su parte de lavado de conciencia; que comparte de algún modo los pecados que denuncia.

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