Crítica de ‘La Camarera Lynn’: Voyeurismo, fetichismo y un poco de sadomasoquismo

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La Camarera Lynn


No sé si está bien o mal, qué opine un lingüista si hay alguno en la sala, pero es incuestionable que el uso determina el lenguaje y hay palabras que pierden (o devalúan) algunos de sus significados debido a que otro sea utilizado con más frecuencia. En castellano, la palabra camarera está más ligada a una persona que sirve comidas o bebidas en un bar o un restaurante, y no solemos utilizarla para referirnos a la persona que limpia y acondiciona las habitaciones de un hotel. Los ingleses tienen “chambermaid”, pero desconozco si en castellano tenemos una palabra específica para esa ocupación, creo que siempre he dicho y escuchado “limpiadora de hotel”. Esa es precisamente la ocupación de Lynn Zapatek, la joven que da título y protagoniza de un modo absoluto la película La Camarera Lynn.

“Todo en la vida es una gran mentira… ¿Todo? Quizás todo no”. Este es un fragmento de la conversación que Lynn Zapateck (Vicky Krieps) mantiene con su terapeuta (psiquiatra, psicólogo… no queda claro) al inicio de La Camarera Lynn, en lo que parece algo más que una declaración de intenciones.

Estamos ante una película de personaje (subrayemos el singular) situada en la antítesis de una obra coral. La Camarera Lynn es precisamente eso: la camarera Lynn Zapatek, una joven solitaria e inestable emocionalmente, que acaba de superar (o al menos eso cree) una enfermedad mental y se agarra como si de una tabla de salvación se tratara a su metódica y rutinaria agenda en la cual anota lo que hace y colorea mediante un críptico código de colores el tono que ha tenido el día vivido: los martes y los miércoles trabaja, los jueves queda con un viejo amigo durante una hora, sólo a hablar, no hay nada entre ellos, los viernes vuelta al trabajo, los sábados libra y hace ejercicio y los domingos llama a su madre siempre a las ocho menos diez porque a las ocho ve las noticias. 

“¿Y los lunes?” pregunta su terapeuta. “Los lunes vengo aquí”. 

Lynn trabaja limpiando las habitaciones del hotel Edén con meticulosa pulcritud al tiempo que mantiene una sórdida e insustancial relación con el gerente del hotel, al cual hace el amor con bastante menos entusiasmo que con el que pasa el aspirador. Su personalidad borderline le conduce a desarrollar conductas fetichistas, aparentemente desprovistas de maldad, como olisquear los objetos que los huéspedes del hotel dejan sobre sus mesitas o probarse su ropa. Pero cuando decide ocultarse debajo de las camas para espiarles, terminará por descubrir una nueva dimensión en su vida que la arrancará de la monotonía de su solitaria y anodina existencia para llevarla por los derroteros de una novedosa búsqueda del placer sexual.

El director alemán Ingo Habe es también el autor del guion para el cual adapta la novela “La Camarera” de Markus Orths (editada en España por Seix Barral), y desarrolla un discurso narrativo sutil, lleno de silencios, en el que no juzga a su protagonista y deja que sea el espectador el que simpatice o antipatice con ella. Retrata su vida con mirada de documentalista, ahora cose, ahora plancha, ahora escucha música en la cama fumando un cigarrillo, ahora ve películas antiguas en su portátil, ahora hace deporte, ahora se ducha. Si a algo obliga Habe al espectador es a situarse a su lado a observar y a convertirse en voyeur mediante unos sugerentes y morbosos planos con la cámara bajo la cama, estos planos suponen, sin duda, lo mejor y más interesante de la película. Eso y las sonrisas de Vicky Krieps en los momentos en los que su existencia avanza a fuerza de descubrir la vida escondida en las miserias y grandezas de los huéspedes a los que husmea. 

Hay cierta sordidez en La Camarera Lynn, aunque el personaje magníficamente interpretado por Vicky Krieps sea más fácil de querer que de odiar, algunas de las situaciones pueden resultar desagradables para el espectador medio no iniciado en ciertas prácticas sexuales puestas de moda, al parecer, por ciertas novelas muy vendidas, la primera de las cuales ha sido recientemente llevada al cine y de la cuales desconozco casi todo porque ni las he leído ni se me espera, y no por pacatería, sino por profunda aversión a todo aquello que a fuerza de marketing machacón termina siendo de obligatoria lectura (o visionado). 

Pero precisamente por la sencillez del formato y por la sinceridad de su planteamiento, me atrevo a decir que La Camarera Lynn se sitúa en las antípodas visuales (y probablemente éticas y estéticas) de la saga de novelas y película que sin citar he mencionado. 

No es una película fácil de recomendar. Habrá quien se sienta espantado ante la liviandad del carácter de Lynn con la misma intensidad con que otros se hastiarán del cadencioso y pausado tono fílmico de Ingo Haeb. A mí, sin embargo, me ha despertado la suficiente curiosidad como para que esta misma tarde me dirija a mi librería de cabecera a comprarme la novela. Y pocas, muy pocas veces, me ha dado por leer lo que ya he visto filmado. Lo contrario me ocurre más a menudo.

También te puede interesar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *