Crítica de ‘El Caso Heineken’: Convencional thriller basado en hechos reales

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El Caso Heineken

Uno de los primeros ídolos que tuve en mi infancia fue Quini, un sensacional futbolista que militó en el Sporting de Gijón y en el Barcelona y fue varias veces internacional con la Selección Española de Fútbol. El 1 de marzo de 1981, tras disputar un partido de primera división fue secuestrado a punta de pistola. Por aquel entonces era uno de los futbolistas más populares de España, pues además de buen jugador, tenía una merecida fama de buena persona y caía bien a todo el mundo independientemente de la filiación futbolística. Recuerdo mucho aquel secuestro porque yo era un niño pequeño, inocente, y el hecho de que mi ídolo (un poster suyo con un balón Mikasa colgaba en la pared de mi cuarto) hubiera sido secuestrado me tuvo muy perturbado durante los veinticinco días que duró su cautiverio, creo que fue una de las primeras veces que la vida me abrió los ojos ante un hecho criminal. Yo todavía debía estar en la higuera pensando que todo el mundo era bueno.
Si ahora, en el año 2015, 34 años después, a alguien le diera por producir una película reconstruyendo el caso del secuestro de Quini, creo que tendría un interés muy limitado salvo que cayera en manos de un excelente director, que realizara un potente film de acción e intriga y contara con un fantástico reparto que diera vida a las personas que de una u otra forma estuvieron implicadas en aquel hecho. 
En noviembre de 1983, Alfred Heineken, propietario de la famosa marca cervecera conocida por su apellido, fue secuestrado junto a su chófer por cinco encapuchados a punta de pistola cuando salía de la sede de su empresa en Amsterdam. Aunque cuando una película está basada en hechos reales no creo que pueda acusarse a quien escribe de hacer destripes (spoilers para los anglófilos), me abstendré de contar aquí el desenlace del caso, pues supongo que una importante mayoría de potenciales espectadores de El Caso Heineken no conocieran ni siquiera el hecho de que Alfred Heineken hubiera sido secuestrado. 
El asunto es que en 2015, 32 años después, alguien ha pensado que tendría interés realizar una película desarrollando el secuestro y desenlace de aquel suceso. No seré yo quien se lo discuta aunque a mí, fuera de Holanda, me parece que tiene el mismo atractivo que para el espectador holandés medio una película sobre el caso Quini. Y no tiene interés porque de las premisas que antes cité (un buen director, un sabio manejo de la acción y la intriga, y un fantástico reparto) no se cumple ninguna. 
El guion plantea la historia desde el punto de vista de los secuestradores, cinco hombres jóvenes que víctimas de la crisis económica (en los 80, al parecer, también había crisis) ven fracasar su empresa y como los bancos les deniegan cualquier tipo de crédito para emprender otra iniciativa legal. Es así, como llevados por la desesperación (o eso quiere justificar el guion) inician una carrera delictiva con el atraco a un banco y el posterior secuestro de Heineken
El director, el sueco Daniel Alfredson, se limita a poner la cámara dónde le parece y a moverla mucho donde cree que está la acción, la legibilidad cinematográfica del guion es difícil por culpa de su torpeza, las escenas de acción son filmadas de un modo muy convencional y mil veces vistas, y eso que tiene la fortuna de rodar en una ciudad como Amsterdam que es muy fotogénica y permite algo tan atractivo como iniciar una persecución en furgoneta por las calles y terminarla en lancha por los canales. Pues bien, no la sabe filmar. Una lástima. Daniel Alfredson ya tenía el dudoso honor de haber convertido las tres novelas de la saga Millenium del escritor Stieg Larsson en tres bodrios de películas, (hay más cine en diez minutos de la película de David Fincher Los hombres que no amaban a las mujeres (2011) que en la trilogía completa de Alfredson) y no seré yo quien diga que aquellas novelas eran alta literatura, pero es indiscutible que eran muy entretenidas y tenían un brillante manejo del suspense y la acción. 
Capítulo aparte merece el reparto. Y voy a empezar por sacudir a la vaca sagrada del mismo, Anthony Hopkins no hace un buen papel desde los años 90. Y no, en Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012) no estaba bien, los que estaban bien eran los maquilladores. En Conocerás al Hombre de tus Sueños (Woody Allen, 2010) tampoco estaba bien. Y de sus trabajos en Noé, (Darren Aronofsky, 2014) Thor (Kenneth Branagh, 2011) o Red 2 (Dean Parisot, 2013) prefiero no decir nada para no ensañarme. En El Caso Heineken, Anthony Hopkins pone su presencia, cobra su caché y se va a su casa a esperar la llamada de su agente para hacer otra película. No encuentro nada del actor que fascinó a medio mundo con su creación de Hannibal Lecter en El Silencio de los Corderos (Jonathan Demme, 1991) o sus brillantes interpretaciones en las películas de James Ivory Regreso a Howards End (1992) o Lo que queda del día (1993) y muy especialmente en la nunca suficientemente ponderada Tierras de Penumbra (Richard Attenborough, 1993). 
En cuanto a los cinco actores que interpretan a los secuestradores, poco más que decir, hacía mucho que no veía a cinco actores tan planos y con tan poco carisma. La banda encabezada por Cor (Jim Sturgess) y su cuñado Willem (Sam Worthington) incluye también a tres amigos Cat (Ryan Kwanten), Spikes (Mark van Eeuwen) y Brakes (Thomas Cocquerel). No cuenten con ninguno de ellos para sus quinielas a los premios cinematográficos del año. 
Torpeza en la dirección y planicie interpretativa restan atractivo a una película muy convencional que como mucho puede resultar entretenida a los amantes de las películas basadas en hechos reales o a quien quiera darse un paseo cinematográfico por Amsterdam. 

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