Crítica de ‘The D-train’: Reivindicación a medio camino entre la comedia y el drama

Las críticas de Óscar M.: The D-train
Es muy extraño el caso de The D-train, ya que si se toma como una comedia es, a todas luces, insatisfactoria, y si se visualiza desde la perspectiva del drama, tampoco cumple su intención. Aunque está más cerca de la segunda que de la primera. O, tal vez, todo lo contrario.
Un momento crítico en la vida de todo ser humano escolarizado es reencontrarse con sus viejos compañeros de pupitre y comparar qué rumbo han tomado sus vidas veinte años después de haber abandonado el hogar estudiantil.
Algo que, en principio, puede parecer una forma inocente de recuperar la amistad con los compañeros de clase (y mucho antes de que Facebook existiera) casi nunca llega a buen puerto en el mundo del cine y la televisión, siendo una fuente inagotable de conflictos y una forma de darse en la cara con los problemas no resueltos del pasado.
The D-train no tiene muy clara su intención, en el apartado de comedia no logra hacer reír al espectador (más allá de varias bromas sexuales) y desde el punto de vista del drama, tampoco logra conmover al espectador hasta el punto de simpatizar con los personajes.
Donde sí que puede conseguir más adeptos es desde la vía reivindicativa y de normalización, ofreciendo una película inclusiva, que no ridiculiza ni estigmatiza a los personajes por sus preferencias sexuales. De esta forma, se obtiene una película que podría englobarse dentro del movimiento LGTB con actores reconocibles en pantalla, sin alardear de ello y con una temática “estándar” de Hollywood, a pesar de sus carencias.
Las cuales son que los protagonistas son dos hombres de raza blanca, aunque hay cierta tendencia a la diversidad porque uno de ellos (Jack Black) tenga un más que evidente sobrepeso y el otro (James Marsden) haya interpretado papeles más o menos importantes dentro de las superproducciones americanas.

Ambos están correctos en sus papeles: Marsden borda el trabajo como actor acabado, con un aspecto desaliñado que no duda en recurrir a las mentiras, las drogas o a los múltiples compañeros sexuales para autosatisfacer su ego, mientras que Black está (sorprendentemente) creíble como pardillo adulto ninguneado constantemente que haría cualquier cosa por un reconocimiento público.

La película se centra en cómo la mentira y el engaño puede cambiar nuestras vidas y con esta premisa podría llegar a más público (si este consigue asimilar que el giro argumental es algo más que un chiste, pero que no es algo que defina ni catalogue a la película, como en El desconocido del lago). De esta forma, ambos protagonistas viven una vida inventada, donde ninguno está conforme con lo que ha conseguido, pero continúan mintiéndose a sí mismos para seguir adelante.

Aquí es donde entra en juego otra de las grandes bases de la película: la necesidad de aceptación por parte de nuestros semejantes y la imperiosa obligatoriedad de “encajar” en el mundo que nos rodea, aunque para ello (como en el caso del personaje de Black) se ponga en peligro la (falsa y cómoda) estabilidad matrimonial, familiar y laboral.

El enfrentamiento a cara descubierta con la verdad, reservado para el último tercio de la película, no hará sino obligar a que los personajes asuman sus propias mentiras, siendo consecuentes con la realidad. Y, aunque el guión de The D-train termine por tener una coletilla “moralizadora”, el espectador no sabrá si ha pasado un buen rato de carcajadas (como asegura el póster) o si la intención del director era buscar una identificación dramática con los personajes. Por que, en ambos casos, no lo ha conseguido.

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