Crítica de ‘Corazón Silencioso’: Poderoso drama intimista

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Corazón Silencioso

La carrera del director danés Bille August está jalonada por varios hitos, el primero de los cuales fue sin lugar a dudas Pelle el Conquistador (1987) con el que obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes y el Óscar a la mejor película extranjera en dicho año imponiéndose al gran favorito Pedro Almodóvar y su Mujeres al borde de un ataque de nervios. Cuatro años después, obtuvo su segunda Palma de Oro en Cannes con su siguiente película, la soberbia Las Mejores Intenciones con un guion del mismísimo Ingmar Bergman sobre la vida de sus padres.

Su filmografía desde entonces ha sido un tanto irregular, incluyendo varios escarceos con el cine hollywoodiense como La Casa de los Espíritus o la enésima adaptación de Los Miserables, alternados con producciones danesas o suecas, algunas de ellas con espíritu más autoral. 

Que el contacto con Bergman le dejó huella es algo incuestionable aunque éste no pueda advertirse en todas sus obras. En Corazón Silencioso, recién estrenada en España tras su paso por el Festival de San Sebastián de 2014, el eco del maestro sueco es perceptible desde el mismísimo inicio del film en el que asistimos a una sucesión de planos paisajísticos que nos sitúan en contexto a los acordes de la sugerente banda sonora de Annette Focks indudablemente deudora de las partituras que la compositora Eleni Karaindrou hizo para varias películas de Theo Angelopoulos.

La presentación de los personajes sigue una depurada puesta en escena que los acerca sucesivamente al núcleo central del drama: una mujer Esther (Ghita Nørby), afectada de una enfermedad degenerativa, progresiva e incurable (la Esclerosis Lateral Amiotrófica que padece Stephen Hawking), ha decidido terminar con su vida de una manera consciente y programada antes de que la progresión de la enfermedad la convierta en una persona dependiente; para este fin recibirá la ayuda de su marido Poul (Morten Grunwald), médico para más señas, que ha conseguido un coctel farmacológico con el que llevarlo a cabo.

Pero antes de poner fin a su vida, ha decidido convocar a sus seres queridos para pasar un último fin de semana juntos durante el cual celebrar, de modo adelantado, la cena de Navidad y compartir unos últimos momentos de convivencia y felicidad ahora que la enfermedad todavía no ha hecho (demasiados) estragos en la vitalidad de Esther. El momento fijado para la muerte, al finalizar el fin de semana, una vez que todos se hayan ido, actúa como determinante de los estados de ánimo y se sitúa como telón del escenario sobre el cual tiene lugar el pathos con el que August sacude a sus espectadores.

De entre estos seres queridos, sus dos hijas Heidi y Sanne soportan el mayor peso dramático del film al hacer frente a la idea de la desaparición de una madre a la que quieren y a la que de diferentes formas, necesitan. Los dos diferentes caracteres y trayectorias vitales de ambas hermanas y su complicada relación están interpretados con arrebatadora autenticidad por dos magistrales actrices, Danica Curcic en el papel de la atormentada Sanne con un oscuro pasado y un incierto presente a sus espaldas y Paprika Steen (que recibió el premio de interpretación femenina en el pasado San Sebastián) como la aparentemente racional, fría, sensata y responsable hermana mayor, que respeta (al menos inicialmente) por encima de todo la decisión de su madre.

Ambas están acompañadas de sus parejas, Sanne de su desgarbado novio Dennis (Pilou Asbæk) y Heidi de su marido Michael (Jens Albinus) y su adolescente hijo Jonathan (Oskar Sælan Halskov). Completa el grupo de personajes, la mejor amiga de la familia, Lisbeth (Vigga Bro) que ha sido invitada para acompañarles durante el fin de semana y despedirse de su amiga.

A partir de esta presentación de los ocho personajes, Bille August construye una obra de cámara, con una planificación a ratos teatral, dispuesta mediante sucesivas escenas entre pares de personajes que irán sacando a la luz el trasfondo del drama y las implicaciones que lo que va a suceder tiene en cada uno. Es pues, la mirada de los personajes, sus silencios y sus interacciones, el medio que August emplea para desarrollar un potente guion de Christian Torpe que acentúa el peso dramático precisamente en la evolución que los personajes van a ir teniendo a lo largo de apenas 48 horas cuando todos se enfrentan a la inminente realidad de un hecho que hasta entonces sólo era una idea.

El tema de la eutanasia o del suicidio asistido (no es este el foro para debatir las diferencias entre ambos) es tratado por August con delicada asepsia, su película no adoctrina, no da monsergas, no hace juicios éticos ni morales, no dice al espectador lo que tiene que pensar, y ahí es donde radica precisamente la grandeza del film y el mérito de August, al ser capaz de situar al espectador enfrente de unos personajes que viven un mismo drama desde posiciones diferentes y hacer que cada uno de los personajes sea comprensible desde su contexto.

A pesar de que la muerte está continuamente presente, no llega a apoderarse de la narración como en la magnífica Amor (Michael Haneke, 2012) y se sitúa en el fondo de un film potente y sobrecogedor que a pesar de su doliente esencia no evita ciertos momentos de comicidad inteligente. La vida de los que se quedan está muy por encima en este drama nórdico en el que su maravilloso conjunto de ocho actores , la atemperada fotografía de Dirk Brüel y como he dicho, la preciosa música de Annette Focks y el inteligente guión de Christian Torpe permiten a Bille August realizar una obra de madurez que se sitúa entre lo mejor de su filmografía.

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