Crítica de ‘La dame dans l’auto avec des lunettes et un fusil’: Entre el placer de lo sensitivo y la frustración de lo obvio

Las críticas de Carlos Cuesta: La dame dans l’auto avec des lunettes et un fusil
La longitud descriptiva del título de la nueva película del francés Joann Sfar desvela, sin quererlo, el que para mí es el mayor pecado de la producción: Intentar ser impactante, evocadora y sugerente y terminar siendo demasiado obvia. La anterior adaptación de la misma novela de Sébastian Japrisot se tradujo como La mujer del coche con gafas y fusil y podemos resumir la trama como la deriva de una atractiva mujer al borde una crisis de doble personalidad. Ella es una secretaria que cree estar perdiendo la razón en el transcurso del viaje que va desde el aeropuerto de Orly hasta la casa donde debe aparcar el precioso automóvil de su jefe. Los sucesivos encuentros con desconocidos le harán dudar cada vez más de su cordura. 
Freya Mavor es Dany Dorémus, la mujer de gafas, una potente bomba de exuberancia, excelente en su doble papel de muchachita reprimida y atormentada seductora. Ella es el material conductor perfecto de las inquietantes pretensiones estilísticas de Sfar y también la perturbadora e irresistible puerta de entrada al onirismo de un viaje predestinado a la desgracia, una vez que ella decide no devolver el coche inmediatamente. Pese al ambiente alucinatorio muy bien conseguido, la película llega a chocar en su propósito por la reiteración de escenas que subrayan detalles de la acción a los espectadores despistados. Este recurso molesto llega a su culmen con un feo croquis final que roza lo ridículo y destruye la atmósfera seductora y angustiosa conseguida hasta el momento.  

El resultado de dicha escena es incluso insultante para quien considere
el pasaje como una contraposición de los genios creadores del novelista
y el escritor y de la necesidad del espectador de recibir masticada la
trama. Las excesivas explicaciones en la conclusión nada tienen que ver con una secuencia similar que podemos ver en Gone Girl, donde el relato en primera persona de unos hechos desconocidos por el espectador no sirve sólo para aclarar la trama, sino para aportar elementos de juicio y claves de la psicología del personaje. 
Es posible que la desbordante exploración del desequilibrio mental de la protagonista haya dejado un tanto fuera de juego a los personajes de su jefe y de la mujer de éste, antigua compañera de estudios de aquélla. La novela policiaca original degenera así en una síntesis entre un exhibicionismo (agradable de contemplar) y un viaje alucinógeno de David Lynch, hasta el punto de no saber si la protagonista es Dany Dorémus, la chica de La tentación vive arriba, la Betty de Mulholland Drive o fragmentos de cada una.
Tras Gainsbourg (Vida de un héroe) quedó claro que la entrada del dibujante en la profesión de cineasta iba a aportar un estilo personal, oscuro, tortuoso y lejos de lo convencional, y lo vuelve a demostrar con este remake. En  esta ocasión, el recurso a planos en forma de viñeta de La dame dans l’auto son una forma original, compleja y atractiva de jugar con las acciones simultáneas, de anticipar eventos desconocidos por el espectador, que lo entrampan y lo inquietan. Las escenas impregnadas con estilo de vídeo-clip revelan la naturaleza híbrida, dinámica y experimental de la realización de Sfar. En el aspecto sonoro, potentes temas musicales marcan el paso decidido de la mujer (de parte de ella) mientras las composiciones electrónicas (que recuerdan las matracas de los films de Quentin Dupieux) y las estridencias misteriosas subrayan la desorientación existencial, moral y vital del único personaje interesante del film, que es ella.
En esta película asistimos a los pasos de un director que aún se busca y que se encuentra durante buena parte del metraje para muchas de sus intenciones. Su manera de solapar imágenes y sonido fuera de plano para sugerir la doble personalidad de la protagonista está francamente bien desplegada; las dos facetas de la mujer, sus miedos, sus fantasías, sus deseos más profundos se entrecruzan en un delirio bien compartido con quien presencia la historia; la travesura de la inocente secretaria de “robar” el coche de su jefe para pasar un fin de semana en el sur se vuelve engorrosa pesadilla cuando su lado rebelde y desequilibrado comienza a manifestarse. 
En ese sentido, el mantra “nunca he visto el mar” parece tomar sentidos diferentes en cada una de las personalidades de la muchacha; los significados explícito y figurado de la frase se mezclan al igual que ocurre en la trama con lo sutil y lo evidente. La represión se manifiesta en forma de desorden; los deseos de la chica se desvelan y se hacen posibles de forma inoportuna, alternando ramalazos tontorrones con una tentadora decadencia. Lo accidental y lo premeditado es indistinguible hasta al final cuando, lamentablemente, las claves para descifrar los hechos se nos revelan (mal). En este desenlace que me ha desagradado tanto queda patente que el realizador no ha sabido desmarcar su personalidad del transcurrir de los acontecimientos, de tal manera que los personajes quedan resumidos al papel de marionetas con la misión de cumplir el ingenioso plan de su creador.
Para mí La dame dans l’auto es una propuesta interesante que te seduce con su cartel, te embauca con su tráiler, te involucra con su comienzo, te atrapa con su protagonista, te enloquece con su planteamiento y te decepciona con su final. Hay que valorar la apuesta por Freya Mavor, su actuación y la valentía del director, aunque quizá el resultado final no esté a la altura de sus pretensiones, y la prosaica conclusión de la historia no concuerde con el despliegue estilístico y estético en torno a la mujer, sus neurosis, los anhelos propios y los que despierta en los demás. Porque al final la película parece la historia de una secretaria (o dos) muy atractiva(s), reprimida y un tanto histriónica, que tiene ganas de follar y ver el mar, pero estaba llamada a ser más que eso.

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