Crítica de ‘Sin hijos’: Por el camino fácil

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Sin hijos

Siempre he tenido la opinión de que de todos los géneros cinematográficos, la comedia es el más difícil. Pero al mismo tiempo, es, de todos, el que tiene el atajo más fácil. 

Un thriller, una película de terror o una de ciencia ficción se pueden hacer bien, mal o regular, pero además de esas opciones, la comedia tiene una extra, se puede hacer complaciente, y ese atajo es el que Ariel Winograd toma a las primeras de cambio para realizar una muy acomodaticia dirección en Sin hijos. Exactamente el mismo atajo que toman sus guionistas Mariano Vera y Pablo Solarz, que no se pueden ir de rositas.

Tras unos títulos de crédito brillantes y un comienzo prometedor con la pareja protagonista encontrándose por casualidad en una oficina de expedición de documentos de identidad, la película va poco a poco diluyéndose en el más puro convencionalismo para acabar convirtiéndose en una comedia de fórmula (de esas que se acusa permanentemente a Hollywood de hacer como churros, pero que, por lo visto, se hacen en todas partes). 

Y es una lástima, porque el planteamiento de partida es francamente bueno y daría para haber realizado una alta comedia de haber sido más sutil y pulcro en la escritura del guion o incluso para realizar un drama con tintes sociológicos. Pero es evidente que Ariel Winograd ha buscado a toda costa el éxito en taquilla (en Argentina lo logró) y no seré yo quien le culpe de tener el mismo lucrativo objetivo que todos tenemos en nuestro trabajo, pero sí le puedo culpar (y quiero hacerlo) de haber sacrificado en la búsqueda de ese éxito un mayor refinamiento a la hora de hacer las cosas. 

Sin Hijos es la historia de Vicky (Maribel Verdú), una mujer independiente y bella con una profunda aversión a los niños y de Gabriel (Diego Peretti), un padre divorciado que vive con su hija Sofía (Guadalupe Manent) una niña preadolescente que absorbe todo su tiempo y su pensamiento. El reencuentro entre Vicky y Gabriel tras años sin verse y el inicio de una relación entre ambos dará lugar a una historia de mentiras y ocultamientos con tintes vodevilescos que a pesar de algunos momentos brillantes, siempre es reconducida hacia la línea argumental más convencional y previsible. 

La comicidad está mayoritariamente apoyada en el gag visual fruto del tremendo esfuerzo que Gabriel ha de hacer para mantener una doble vida, y en ciertos localismos y expresiones argentinas que están ya un poquito gastadas. Reconozco que la primera vez que oí en una película argentina la expresión “te cago a trompadas” o “te fuiste al pedo” me partí de risa, pero cuando uno las ha escuchado ya varias veces, sólo tienen gracia si se emplean en un contexto gracioso, no por el mero hecho de introducirlas en una conversación. 

Si la película se sostiene con dignidad (que es cierto que lo hace) y puede funcionar entre el público mayoritario (repito, el éxito de taquilla en Argentina ha sido abrumador) es por, además de como ya he dicho optar por el convencionalismo argumental y narrativo, por su esforzada pareja de protagonistas, que,  con una química cuestionable entre ellos, sacan adelante sus papeles tirando de su enorme talento. Maribel Verdú enriquece con su brillante interpretación un papel que en el guion resulta bastante plano, es ella la que crea un personaje que no le han escrito tal y como ella lo pone en la pantalla, y eso es mérito única y exclusivamente de una actriz que a estas alturas de su carrera puede enfrentarse a cualquier cosa. Algo parecido le ocurre a Diego Peretti cuyo talento, especialmente para la comedia, está fuera de dudas. Su personaje está pobremente escrito y Peretti lo sufre más que Maribel Verdú. Su histrionismo en algunos momentos (en la fiesta por ejemplo está muy forzado) no se corresponde con su contención y su economía de gestos en otros momentos. 

La niña Guadalupe Manent tiene desparpajo, descaro y cierto ángel, pero es prontísimo para augurar que estas cualidades le vayan a procurar una carrera de futuro en el mundo del cine. Y los secundarios están, en general, por debajo de lo que sus intérpretes podrían dar de sí, el hermano de Gabriel resulta poco empático cuando debería ser el secundario agradecido que toda comedia que se precie tiene, el padre de Gabriel no tiene carisma, su exmujer es totalmente arquetípica, y únicamente algunos momentos de su amigo José (Guillermo Arengo) provocan ciertas carcajadas. 

Sin hijos se deja ver. No ofende. Entretiene y puede provocar alguna que otra carcajada. Pero el tufillo a “ya visto” que conduce todo el metraje y el sonrojantemente acaramelado final la dejan en el montón.

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