Crítica de ‘Amar, beber y cantar’: Alain Resnais se despide a lo grande

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Amar, beber y cantar

Cuando hace más de año y medio del fallecimiento de Alain Resnais, por fin llega a las carteleras españolas su última película, Amar, beber y cantar con la que obtuvo el galardón de la  FIPRESCI y el Premio Alfred Bauer en el Festival de Berlín de 2014 donde fue exhibida tres semanas antes de la muerte de su director. Pero no olvidemos que lamentablemente sigue inédita en España su penúltima película Vous n’avez encore rien vu (2012).
Resnais fue junto a Truffaut, Godard, Rohmer, Chabrol, Rivette o Malle uno de los miembros destacados de la Nouvelle Vague aunque en torno a la “pura” afiliación de Resnais a la misma existen discrepancias dignas de ser tenidas en cuenta.  Esteve Riambau asegura en su libro “El cine francés 1958-1998”, que “algo más que el Sena separaba a Alain Resnais de François Truffaut” y enmarca la pertenencia de Resnais al célebre movimiento cinematográfico en “unas circunstancias que les permitieron realizar simultáneamente sus respectivas operas primas” más que en su punto de vista y concepción cinematográfica. 
Aunque este debate sería interesantísimo, no debería ocupar el espacio de esta crítica, y lo que es incuestionable es que su primera película Hiroshima Mon Amour junto a Los Cuatrocientos Golpes de François Truffaut (ambas de 1959), fueron la vía de apertura a esta “Nueva Ola” que cambiaría para siempre algunos de los modos de abordar el cine. 
A lo largo de su larga y fecunda carrera, Alain Resnais ha realizado películas inolvidables que le reservan un lugar entre los grandes cineastas de todos los tiempos, El año pasado en Marienbad, Muriel, La guerra ha terminado, Providence, el genial díptico Smoking/No Smoking o la maravillosa On connaît la chanson (1997) son quizá sus títulos más populares, pero si algo destaca en la filmografía de Resnais es su continua experimentación con el lenguaje cinematográfico que comenzó con sus revolucionarios montajes y fue evolucionando estilísticamente hacia una fusión entre el cine y el teatro cuyas formas de expresión ha llegado a amalgamar como nadie. 
Y en este contexto final de fusión cine-teatro es donde se sitúa su última obra, Amar, beber y cantar, una auténtica maravilla que Alain Resnais filmó con la sabiduría y madurez del nonagenario que era y el ímpetu de un joven que empieza su andadura cinematográfica. 
Como no podía ser de otra manera tras lo antedicho, el material de partida es una pieza teatral: la obra “Life of Riley” del célebre autor británico Alan Ayckbourn a quien ya adaptara anteriormente en dos ocasiones, en 1993 con Smoking/No Smoking basada en su obra “Intimate Exchanges” y en su más reciente Asuntos privados en lugares públicos (2006). 
En Amar, beber y cantar, Resnais vuelve a contar con la que probablemente es su actriz fetiche, Sabine Azéma, presente en casi todas sus películas y con el también habitual en su cine André Dussollier. Se echa en falta entre la troupé habitual de Resnais a Pierre Arditi, partenaire de Azéma en muchas de sus películas. Completan el reparto Michel Vuillermoz, Hippolyte Girardot, Sandrine Kiberlain y Caroline Silhol.

Estos seis intérpretes dan vida a los seis personajes presentes de la obra, de otros personajes, los ausentes, tendremos noticias a través de ellos.  Colin (Hippolyte Girardot) y Kathryn (Sabine Azéma) son un matrimonio que ensaya una pieza teatral que van a protagonizar junto a Tamara (Caroline Silhol) que a su vez está casada con Jack (Michel Vuillermoz). Todos, en mayor o menor medida están relacionados con el ausente George Riley (cuyo apellido da título a la obra original, Life of Riley). La exmujer de Riley, Monica (Sandrine Kiberlain) y su nuevo novio (André Dussollier) completan la galería de personajes de esta obra coral que supone un canto a la alegría de vivir, a los amores presentes y pasados y a desembarazarse de cualquier tipo de nostalgia por el (devastador) paso del tiempo.

Al comienzo del film, Resnais nos sitúa en el mapa, y lo hace literalmente, el plano va acercándose hacia un mapa del Reino Unido que en un curioso zoom termina encuadrando la ciudad de York donde se sitúa la historia, a continuación nos dará un breve paseo por la ciudad que supondrá el último contacto que vamos a mantener con escenarios reales hasta el final de la película, el resto del metraje, apropiándose de la escenografía teatral, se desarrollará en unos decorados a base de telones, cartonajes y vegetación con un cuidadísimo sentido de la estética que servirán para recrear todos los espacios en los que se van a desarrollar cada una de las escenas que componen la obra, las cuales, delimita con planos de ilustraciones urbanas que prefiguran el lugar al que nos va a dirigir a continuación. Enmarcando las escenas a modo de actos, unos intertítulos con letras blancas sobre fondo negro nos informan del paso de las estaciones a lo largo de las cuales avanza la trama de Amar, beber y cantar.

Bajo esta narrativa presuntamente clásica (nada más clásico que la división en actos y escenas), Resnais da una auténtica lección de puesta en escena al tiempo que desliza un discurso fílmico nada convencional en el que realidad y ficción se funden con tanta sutileza que hasta Colin y Kathryn confunden los momentos de ensayo con su propia vida y se dirigen el uno al otro sin saber si viven o interpretan. La disyuntiva entre “tiempo muerto” y “tiempo habitado” es uno de los muchos momentos memorables de esta película que hará las delicias de todos los amantes del teatro.

Aquellos que hayan seguido la carrera de Alain Resnais, especialmente las películas de las dos últimas décadas cuando sus temas de contenido histórico dieron paso a la época teatral con argumento más ligero, no se sentirán en absoluto decepcionados por una película que pone una preciosa guinda en el ya de por sí sabroso pastel de la filmografía de Resnais. Ha muerto un grande del cine, disfrutemos de sus películas.

P.D. Por favor, señores distribuidores españoles, tengan a bien estrenar su película anterior Vous n’avez encore rien vu cuya traducción: Todavía no han visto nada no puede ser más fiel a la lamentable realidad de nuestro país. En España todavía no hemos visto nada de esta película. Y si después tienen a bien editarla en DVD/Bluray y rescatar la edición de títulos anteriores de Resnais ya sería como para morirse de contento. Ahí lo dejo.

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